La puerta del Arco Iris

La Puerta de Acceso a la Nueva Vida

BIOGRAFÍA DE ELISABETH KÜBLER-ROSS. ETAPA DEL RATÓN, SEGUNDA INFANCIA DE NUESTRA HEROÍNA

Hasta aquí os he ofrecido la primera parte de la etapa de la vida correspondiente al Ratón que refleja lo vivido durante la primera infancia de nuestra querida Eli, alguien verdaderamente querido por mí, otra manifestación de mi Yo Superior totalmente comprometida con expandir la Verdad del Amor Femenino Crístico, quien me ayuda en mi tarea en la 3D de la Tierra, desde el otro plano de la Vida donde ahora está.


En esta ocasión os comparto la segunda parte de la etapa del Ratón de la vida de Elisabeth, la que va hasta sus 16 años de vida, para que la sigamos disfrutando, pues su vida no deja a nadie indiferente y nos motiva para hacer lo que en verdad nos gusta, para lo que hemos nacido, para expandirnos en nuestro don, claro reflejo de nuestra esencia.

 

MI CONEJITO NEGRO

Mi padre disfrutaba tomando fotos de todos los acontecimientos familiares, y poniéndolas después en álbumes con un orden meticuloso. También llevaba detallados diarios, donde anotaba cuál de nosotras balbucía las primeras palabras, cuál aprendía a gatear o a caminar, cuál decía algo divertido o inteligente, en fin, todos esos preciosos momentos que siempre me hicieron fruncir el ceño hasta que fueron destruidos (cuando le quemaron su casa, con todos sus enseres más queridos, como sus diarios y fotos de la infancia). Afortunadamente todavía los tengo alojados en la mente.

 

La época de Navidad era la mejor del año. En Suiza, todos los niños se afanan por confeccionar a mano un regalo para cada miembro de la familia y los parientes cercanos. Durante los días anteriores a Navidad nos sentábamos a tejer forros para los colgadores de ropa, a bordar pañuelos y a pensar en nuevos puntos para manteles y pañitos de adorno. Recuerdo lo orgullosa que me sentí de mi hermano cuando llevó a casa una caja para útiles de lustrar zapatos que había hecho en la escuela durante la clase de carpintería.

 

Mi madre era la mejor cocinera del mundo, pero siempre se preciaba de preparar platos especiales y nuevos para las fiestas. Escogía con esmero las mejores tiendas donde comprar la carne y las verduras, y no le hacía ascos a caminar kilómetros para adquirir algo especial en un comercio que quedaba al otro lado de la ciudad.

 

Aunque a nuestros ojos mi padre era ahorrador, siempre traía a casa un hermoso ramo de anémonas, ranúnculos, margaritas y mimosas frescas para Navidad. Aun hoy, en el mes de diciembre, con sólo cerrar los ojos huelo el aroma de esas flores. También nos traía cajas de dátiles, higos y otras exquisiteces que hacían que el adviento fuera una época especial y mística. Mi madre llenaba todos los búcaros con flores y ramas de pino y decoraba con mimo toda la casa. Siempre había un ambiente de expectación y entusiasmo.

 

El 25 de diciembre mi padre nos llevaba a los niños a dar un largo paseo en busca del Niño Jesús. Con sus excepcionales dotes de narrador, nos hacía creer que cualquier destello brillante en la nieve era una señal de que el Niño Jesús estaba a punto de llegar. Jamás poníamos en duda sus palabras mientras recorríamos bosques y colinas, siempre con la esperanza de verlo con nuestros propios ojos. La excursión solía durar horas, hasta que se hacía de noche y mi padre decía, en tono derrotado, que era hora de volver a casa para que mi madre no se preocupara.

 

Pero en cuanto llegábamos al jardín, aparecía mi madre envuelta en su grueso abrigo, como si regresara de una compra de última hora. Todos entrábamos en la casa al mismo tiempo y allí descubríamos que por lo visto el Niño Jesús había permanecido todo ese tiempo en nuestra sala de estar, y encendíamos todas las velitas del enorme árbol de Navidad, maravillosamente adornado. Bajo el árbol había paquetes de regalos. Luego celebrábamos un gran banquete mientras las velas brillaban con luz trémula.

 

Después pasábamos al salón, que era a la vez la sala de música y biblioteca, y entonábamos al unísono las viejas y queridas canciones de Navidad. Mi hermana Eva tocaba el piano y mi hermano el acordeón. Mi padre iniciaba el canto con su hermosa voz de tenor y todos lo seguíamos. A continuación mi padre nos leía algún cuento navideño que sus hijos escuchábamos con embeleso, sentados a sus pies. Mientras mi madre servía los postres, nosotros merodeábamos alrededor del árbol tratando de adivinar qué contenían los paquetes. Finalmente, después del postre, abríamos los regalos y nos quedábamos jugando hasta la hora de irnos a la cama.

 

De costumbre los días laborales mi padre se marchaba por la mañana temprano para coger el tren hacia Zúrich. Regresaba a mediodía y volvía a marcharse después de la comida principal del día. Eso le dejaba muy poco tiempo a mi madre para hacer las camas, limpiar la casa y preparar la comida, que normalmente constaba de cuatro platos. Todos teníamos que estar en la mesa, donde mi estricto padre nos fulminaba con sus "miradas de águila" si hacíamos demasiado ruido o no dejábamos limpio el plato. Rara vez tenía que levantar la voz, de modo que cuando lo hacía, todos nos apresurábamos a portarnos bien. Si no, nos invitaba a pasar a su estudio, y sabíamos muy bien lo que eso significaba.

 

No recuerdo ninguna ocasión en que mi padre se hubiera enfadado con Eva o con Erika. Erika era una niña extraordinariamente buena y callada. Eva era la predilecta de mi madre. Así pues, los blancos de las reprimendas solíamos ser Ernst y yo. Mi padre nos había puesto sobrenombres a las tres niñas. A Erika la llamaba Augedaechli, que significa "la tapita que cubre el ojo", nombre simbólico que expresaba lo unido que se sentía a ella, y tal vez el hecho de que siempre la veía medio dormida, soñadora, con los ojos casi cerrados. A mí me llamaba Meisli, "gorrioncillo", debido a que siempre iba saltando de rama en rama, y a veces Muselí, "ratoncita", porque nunca estaba quieta en la silla. A Eva la llamaba Leu, que significa "león", posiblemente por sus abundantes y preciosos cabellos, y también por su voraz apetito. Ernst era el único al que llamaba por su verdadero nombre.

 

Por la noche, mucho después de que volviéramos de la escuela y mi padre del trabajo, nos reuníamos todos en la sala de música a cantar. Mi padre, muy solicitado animador en el prestigioso Club de Esquí de Zurich, procuraba que aprendiéramos cientos de baladas y canciones populares. Con el tiempo se hizo evidente que Erika y yo no estábamos dotadas para el canto y estropeábamos el coro con nuestras voces desentonadas. En consecuencia, mi padre nos relegó a la cocina a fregar los platos. Casi diariamente, mientras los otros cantaban, Erika y yo lavábamos los platos cantando por nuestra cuenta. Pero no nos importaba. Cuando acabábamos, en lugar de ir a reunimos con los demás, nos sentábamos en el tablero de la cocina a cantar las dos solas y desde allí pedíamos a los demás que entonaran nuestras canciones favoritas, por ejemplo el Ave María, Das alte Lied y Always. Ésos fueron los tiempos más felices.

 

Llegada la hora de dormir, las tres niñas nos acostábamos en camas idénticas, con sábanas idénticas, y dejábamos preparadas nuestras ropas idénticas en sillas idénticas para el día siguiente. Desde las muñecas a los libros, todas teníamos cosas iguales. Era enloquecedor. Recuerdo que cuando éramos pequeñas, a mi hermano lo ponían de vigilante en nuestras sesiones sentadas en el orinal. Su tarea consistía en evitar que yo me levantara antes de que mis hermanas hubieran terminado. A mí me fastidiaba muchísimo ese trato, era como estar con camisa de fuerza. Todo eso ahogaba mi propia identidad.

 

En la escuela yo destacaba mucho más que mis hermanas. Era una alumna excelente, sobre todo en matemáticas y lengua, pero era más famosa por defender de los matones a los niños débiles, indefensos o discapacitados. Aporreaba las espaldas de los matones con tanta frecuencia que mi madre ya estaba acostumbrada a que, después de clases, pasara el niño de la carnicería, el chismoso del pueblo, y dijera: "Betli va a llegar tarde hoy. Está zurrando a uno de los chicos."

 

Mis padres nunca se enfadaban por eso, ya que sabían que lo único que yo hacía era proteger a los niños que no podían defenderse solos.

 

A diferencia de mis hermanas, también me gustaban mucho los animalitos domésticos. Cuando terminaba el parvulario, un amigo de la familia que regresó de África me regaló un monito al que le puse Chicho. Rápidamente nos hicimos muy buenos amigos. También recogía todo tipo de animales y en el sótano había improvisado una especie de hospital donde curaba a pajaritos, ranas y culebras lesionados. Una vez cuidé a un grajo herido hasta que recuperó la salud y fue capaz de volver a volar. Me imagino que los animales sabían instintivamente en quién podían confiar.

 

Eso lo veía claro en los varios conejitos que teníamos en un pequeño corral en el jardín. Yo era la encargada de limpiarles la jaula, darles la comida y jugar con ellos. Cada pocos meses mi madre preparaba guiso de conejo para la cena. Yo evitaba convenientemente pensar de qué modo llegaban los conejos a la olla, pero sí observaba que los conejos sólo se asomaban a la puerta cuando me acercaba yo, jamás cuando se acercaba otra persona de mi familia. Lógicamente eso me estimulaba a mimarlos más aún. Por lo menos me distinguían de mis hermanas.

 

Cuando comenzaron a multiplicarse los conejos, mi padre decidió reducir su número a determinado mínimo. No entiendo por qué hizo eso. No costaba nada alimentarlos, ya que comían hojas de diente de león y hierbas, y en el patio no había escasez de ninguna de esas cosas. Pero tal vez se imaginaba que así ahorraba dinero. Una mañana le pidió a mi madre que preparara conejo asado; y a mí me dijo:

 

- De camino a la escuela lleva uno de tus conejos al carnicero; y a mediodía lo traes para que tu madre tenga tiempo de prepararlo para la cena.

 

Aunque lo que me pedía me dejó sin habla, obedecí. Esa noche observé a mi familia comerse "mi" conejito. Casi me atraganté cuando mi padre me dijo que probara un bocado.

 

- Un muslo tal vez —me dijo. Yo me negué rotundamente y me las arreglé para evitar una "invitación" al estudio de mi padre.

 

Este drama se repitió durante meses, hasta que el único conejo que quedaba era Blackie, mi favorito. Estaba gordo, parecía una gran bola peludita. Me encantaba acunarlo y contarle todos mis secretos. Era un oyente maravilloso, un psiquiatra fabuloso. Yo estaba convencida de que era el único ser en todo el mundo que me amaba incondicionalmente. Pero llegó el día temido. Después del desayuno mi padre me ordenó que llevara a Blackie al carnicero.

 

Salí al patio temblorosa y con un nudo en la garganta. Cuando lo cogí, le expliqué lo que me habían ordenado hacer. Blackie me miró moviendo su naricita rosa. —No puedo hacerlo —le dije y lo coloqué en el suelo—. Huye, escapa —le supliqué—. Vete. Pero él no se movió.

 

Finalmente se me hizo tarde, las clases ya estaban a punto de comenzar. Cogí a Blackie y corrí hasta la carnicería, con la cara bañada en lágrimas. Tengo que pensar que el pobre Blackie presintió que iba a suceder algo terrible; quiero decir que el corazón le latía tan rápido como el mío cuando lo entregué al carnicero y salí corriendo hacia la escuela sin despedirme.

 

Me pasé el resto del día pensando en Blackie, preguntándome si ya lo habrían matado, si sabría que yo lo quería y que siempre lo echaría de menos. Lamenté no haberme despedido de él. Todas esas preguntas que me hice, y no digamos mi actitud, sembraron la semilla para mi trabajo futuro. Odié mi sufrimiento y culpé a mi padre.

 

Después de las clases entré lentamente en el pueblo. El carnicero estaba esperando en la puerta. Me entregó la bolsa tibia que contenía a Blackie y comentó:

 

- Es una pena que hayas traído a esta coneja. Dentro de uno o dos días habría tenido conejitos.

 

Para empezar, yo no sabía que mi Blackie era coneja. Creía que sería imposible sentirme peor, pero me sentí peor. Deposité la bolsa en el mostrador.

 

Más tarde, sentada a la mesa, contemplé a mi familia comerse mi conejito. No lloré, no quería que mis padres supieran lo mucho que me hacían sufrir.

 

Mi razonamiento fue que era evidente que no me querían, por lo tanto tenía que aprender a ser fuerte y dura. Más fuerte que nadie.

 

Cuando mi padre felicitó a mi madre por aquel delicioso guiso, me dije: "Si eres capaz de aguantar esto, puedes aguantar cualquier cosa en la vida."

 

Cuando tenía diez años nos mudamos a una casa de tamaño mucho mayor, a la que llamamos "la Casa Grande", situada a más altura sobre las colmas que dominaban el pueblo. Teníamos seis dormitorios, pero mis padres resolvieron que sus tres hijas continuaran compartiendo la misma habitación. Sin embargo, para entonces el único espacio que a mí me importaba era el del aire libre. Teníamos un jardín espectacular, de casi una hectárea, cubierto de césped y flores, lo que ciertamente fue el origen de mi interés por cultivar cualquier cosa que brote y dé flores. También estábamos rodeados por granjas y viñedos, tan bonitos que parecían una ilustración de libro, y al fondo se veían las escarpadas montañas coronadas de nieve.

 

Vagabundeaba por el campo en busca de animalitos heridos, para llevarlos a "mi hospital" del sótano. Para mis pacientes menos afortunados, que no sanaban, hice un cementerio a la sombra de un sauce y me encargaba de que siempre estuviera decorado con flores.

 

Mis padres no me protegían de las realidades de la vida y de la muerte que ocurrían de modo natural, lo cual me permitió asimilar sus diferentes circunstancias así como las reacciones de las personas. Cuando estaba en tercer año llegó a mi clase una nueva alumna llamada Susy. Su padre, un médico joven, acababa de instalarse en Meilen con su familia. No es fácil comenzar a ejercer la medicina en un pueblo pequeño, así que le costó muchísimo atraerse pacientes. Pero todo el mundo encontraba adorables a Susy y su hermanita.

 

Al cabo de unos meses Susy dejó de asistir a la escuela. Pronto se corrió la voz de que estaba gravemente enferma. Todo el pueblo culpaba al padre por no mejorarla. Por lo tanto no debe de ser buen médico, razonaban. Pero ni siquiera los mejores médicos del mundo podrían haberla curado. Resultó que Susy había contraído la meningitis.

 

Todo el pueblo, incluidos los niños de la escuela, seguimos el proceso de su enfermedad: primero padeció parálisis, después sordera y finalmente perdió la vista.

 

Los habitantes del pueblo, aunque lo sentían por la familia, eran como la mayoría de los vecinos de las ciudades pequeñas: tenían miedo de que esa horrible enfermedad entrara en sus casas si se acercaban demasiado. En consecuencia, la nueva familia fue prácticamente rechazada y quedó sola en momentos de gran necesidad afectiva.

 

Me perturba pensar en eso ahora, aun cuando yo era de las compañeras de Susy que continuábamos comunicándonos con ella. Le entregaba notas, dibujos y flores silvestres a su hermana para que se las llevara. "Dile a Susy que pensamos mucho en ella. Dile que la echo mucho de menos", le decía.

 

Nunca olvidaré que el día en que murió Susy, las cortinas de su dormitorio estaban corridas. Recuerdo cuánto me entristeció que estuviera aislada del sol, de los pájaros, los árboles y todos los hermosos sonidos y paisajes de la naturaleza. Eso no me parecía bien, como tampoco estimé razonables las manifestaciones de tristeza y aflicción que siguieron a su muerte, puesto que pensaba que la mayoría de los residentes de Meilen se sentían aliviados de que por fin hubiera acabado todo. La familia de Susy, desprovista de motivos para quedarse, se marchó del pueblo.

 

Me impresionó mucho más la muerte de uno de los amigos de mis padres. Era un granjero, más o menos cincuentón, justamente el que nos llevó al hospital a mi madre y a mí cuando tuve neumonía. La muerte le sobrevino después de caerse de un manzano y fracturarse el cuello, aunque no murió inmediatamente.

 

En el hospital los médicos le dijeron que no había nada que hacer, por lo que él insistió en que lo llevaran a casa para morir allí. Sus familiares y amigos tuvieron mucho tiempo para despedirse. El día que fuimos a verlo estaba rodeado por su familia y sus hijos. Tenía la habitación llena a rebosar de flores silvestres, y le habían colocado la cama de modo que pudiera mirar por la ventana sus campos y árboles frutales, los frutos de su trabajo que sobrevivirían al paso del tiempo. La dignidad, el amor y la paz que vi allí me dejaron una impresión imborrable.

 

Al día siguiente de su muerte volvimos a su casa por la tarde para dar el último adiós a su cadáver. Yo no iba de muy buena gana, pues no me apetecía la experiencia de ver un cuerpo sin vida. Venticuatro horas antes, ese hombre, cuyos hijos iban a la escuela conmigo, había pronunciado mi nombre, con dificultad pero con cariño: "pequeña Betli". Pero la visita resultó ser una experiencia fascinante. Al mirar su cuerpo comprendí que él ya no estaba allí. Cualesquiera que fueran la fuerza y la energía que le habían dado vida, fuera lo que fuera aquello cuya pérdida lamentábamos, ya no estaba allí. Mentalmente comparé su muerte con la de Susy. Fuera lo que fuese lo que le sucedió a Susy, se desarrolló en la oscuridad, detrás de cortinas cerradas que impidieron que los rayos del sol la iluminaran durante sus últimos momentos. En cambio el granjero había tenido lo que yo ahora llamo una buena muerte: falleció en su casa, rodeado de amor, de respeto, dignidad y afecto. Sus familiares le dijeron todo lo que tenían que decirle y le lloraron sin tener que lamentar haber dejado ningún asunto inconcluso.

 

A través de esas pocas experiencias, comprendí que la muerte es algo que no siempre se puede controlar. Pero bien mirado, eso me pareció bien.

FE, ESPERANZA Y AMOR

Tuve suerte en la escuela. Mi interés por las matemáticas y la literatura me convirtió en uno de esos escasos niños a los que les gusta ir a la escuela. Pero no reaccioné así frente a las clases obligatorias y semanales de religión. Fue una pena, porque ciertamente sentía inclinación por lo espiritual. Pero el pastor R., que era el ministro protestante del pueblo, enseñaba las Sagradas Escrituras los domingos de un modo que sólo inspiraba miedo y culpabilidad, y yo no me identificaba con "su" Dios.

 

Era un hombre insensible, brutal y rudo. Sus cinco hijos, que sabían lo poco cristiano que era en realidad, llegaban a la escuela hambrientos y con el cuerpo cubierto de cardenales. Los pobres se veían cansados y macilentos. Nosotros les guardábamos bocadillos para que desayunaran en el recreo, y les poníamos suéteres y cojines en los bancos de madera del patio para que pudieran aguantar sentados. Finalmente sus secretos familiares se filtraron hasta el patio de la escuela: cada mañana su muy reverendo padre les propinaba una paliza con lo primero que encontraba a mano.

 

En lugar de echarle en cara su comportamiento cruel y abusivo, los adultos admiraban sus sermones elocuentes y teatrales, pero todos los niños que estábamos sometidos a su tiránico modo de enseñar lo conocíamos mejor. Un suspiro durante su charla, o un ligero movimiento de la cabeza y ¡zas!, te caía la regla sobre el brazo, la cabeza, la oreja, o recibías un castigo.

 

Perdió totalmente mi aprecio, como la religión en general, el día en que le pidió a mi hermana Eva que recitara un salmo. La semana anterior habíamos memorizado el salmo, y Eva lo sabía muy bien; pero antes de que hubiera terminado de recitarlo, la niña que estaba al lado de ella tosió, y el pastor R. pensó que le había susurrado al oído el salmo. Sin hacer ninguna pregunta, las cogió por las trenzas a las dos e hizo entrechocar las cabezas de ambas. Sonó un crujido de huesos que nos hizo temblar a toda la clase.

 

Encontré que eso era demasiado y estallé. Lancé mi libro negro de salmos a la cara del pastor; le dio en la boca. Se quedó atónito y me miró fijamente, pero yo estaba demasiado furiosa para sentir miedo. Le grité que no practicaba lo que predicaba.

 

- No es usted un ejemplo de pastor bueno, compasivo, comprensivo y afectuoso —le chillé—. No quiero formar parte de ninguna religión que usted enseñe.

 

Dicho eso me marché de la escuela jurando que no volvería jamás.

 

Cuando iba de camino a casa me sentía nerviosa y asustada. Aunque sabía que lo que había hecho estaba justificado, temía las consecuencias. Me imaginé que me expulsarían de la escuela. Pero la mayor incógnita era mi padre. Ni siquiera quería pensar de qué modo me castigaría. Pero por otro lado, mi padre no era admirador del pastor R. Hacía poco el pastor había elegido a nuestros vecinos como a la familia más ejemplar del pueblo, y sin embargo todas las noches oíamos cómo los padres se peleaban, gritaban y golpeaban a sus hijos. Los domingos se mostraban como una familia encantadora. Mi padre se preguntaba cómo podía estar tan ciego el pastor R.

 

Antes de llegar a casa me detuve a descansar a la sombra de uno de los frondosos árboles que bordeaban un viñedo. Esa era mi iglesia. El campo abierto, los árboles, los pájaros, la luz del sol. No tenía la menor duda respecto a la santidad de la Madre Naturaleza y a la reverencia que inspiraba. La Naturaleza era eterna y digna de confianza; hermosa y benévola en su trato a los demás; era clemente. En ella me cobijaba cuando tenía problemas, en ella me refugiaba para sentirme a salvo de los adultos farsantes. Ella llevaba la impronta de la mano de Dios.

 

Mi padre lo entendería. Era él quien me había enseñado a venerar el generoso esplendor de la naturaleza llevándonos a hacer largas excursiones por las montañas, donde explorábamos los páramos y praderas, nos bañábamos en el agua limpia y fresca de los riachuelos y nos abríamos camino por la espesura de los bosques. Nos llevaba a agradables caminatas en primavera y también a peligrosas expediciones por la nieve. Nos contagiaba su entusiasmo por las elevadas montañas, una edelweiss medio escondida en una roca o la fugaz visión de una rara flor alpina. Saboreábamos la belleza de la puesta de sol. También respetábamos el peligro, como aquella vez que me caí en una grieta de un glaciar, caída que habría sido fatal si no hubiera llevado atada una cuerda con la que me rescató.

 

Esos recorridos quedaron impresos para siempre en nuestras almas.

 

En lugar de dirigirme a casa, donde con toda seguridad ya habría llegado la noticia de mi encontronazo con el pastor R., me metí a gatas en un lugar secreto que había descubierto en los campos de detrás de casa. Para mí ése era el lugar más sagrado del mundo. En el centro de un matorral tan espeso que, aparte de mí, ningún otro ser humano había penetrado allí jamás, se alzaba una enorme roca, de un metro y medio de altura más o menos, cubierta de musgo, líquenes, salamandras y horripilantes insectos. Era el único sitio donde podía fundirme con la naturaleza y donde ningún ser humano podría encontrarme. Trepé hasta lo alto de la roca. El sol se filtraba por entre las ramas de los árboles como por las vidrieras de una iglesia; levanté los brazos al cielo como un indio y entoné una oración inventada por mí dando gracias a Dios por toda la vida y por todo cuanto vive. Me sentí más cerca del Todopoderoso de lo que jamás me podrían haber acercado los sermones del pastor R.

 

De vuelta al mundo real, mi relación con el espíritu fue sometida a debate. En casa mis padres no me hicieron ninguna pregunta respecto al incidente con el pastor R.; yo interpreté su silencio como apoyo. Pero tres días después el consejo de la escuela se reunió en una sesión de urgencia para debatir el asunto. En realidad, el debate sólo concernía a la mejor manera de castigarme. No les cabía la menor duda de que yo había actuado mal.

 

Afortunadamente, mi profesor favorito, el señor Wegmann, convenció al consejo de que me permitieran dar mi versión del incidente. Entré muy nerviosa. Una vez que comencé a hablar miré fijamente al pastor R., que estaba sentado con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas, presentando la imagen misma de la piedad. Después me dijeron que volviera a casa y esperara. Transcurrieron lentísimos varios días, hasta que una noche el señor Wegmann se presentó en casa después de la cena. Informó a mis padres de que se me eximía oficialmente de asistir a las clases del pastor R. Nadie se molestó ni disgustó. La levedad del castigo implicaba que yo no había actuado mal. El señor Wegmann me preguntó qué pensaba. Le contesté que me parecía justo, pero que antes de decirlo oficialmente deseaba que se cumpliera una condición más. Quería que a Eva también se la eximiera de la clase. "Concedido", contestó el señor Wegmann.

 

Para mí no había nada más semejante a Dios ni más inspirador de fe en algo superior que la vida al aire libre. Los ratos culminantes de mi juventud fueron sin duda los pasados en una pequeña cabaña alpina en Aniden. Mi padre, que era un guía inmejorable, nos explicaba algo de cada flor y árbol. En invierno íbamos a esquiar. Todos los veranos nos llevaba a arduas excursiones de dos semanas, en las que aprendíamos el modo de vida espartano y una estricta disciplina. También nos permitía explorar los páramos, las praderas y los riachuelos que discurrían por los bosques.

 

Pero todos nos preocupamos cuando mi hermana Erika perdió el entusiasmo por esas excursiones. A partir de los doce años se le hizo cada vez más desagradable salir de excursión. Cuando llegó el momento de emprender nuestra excursión escolar anual de tres días, en la que nos acompañaban varios adultos y una profesora, se negó rotundamente a participar. Eso debería haber constituido una indicación de que le ocurría algo grave. Habiendo hecho largas excursiones con mi padre, con muy poco alimento o comodidades, estábamos bien entrenadas para esas acampadas. Ni siquiera Eva ni yo entendíamos cuál podría ser su problema. Mi padre, que no toleraba el comportamiento de "mariquita", sencillamente impuso su ley y la obligó a ir.

 

Fue un error. Antes de salir para la excursión Erika se quejó de fuertes dolores en la pierna y la cadera. El primer día de excursión cayó enferma y entre un padre y una profesora la llevaron de vuelta a Meilen, donde la hospitalizaron. Ése fue el comienzo de años de sufrimiento a manos de médicos y hospitales. Aunque tenía paralizado un lado y cojeaba con la otra pierna, nadie logró establecer un diagnóstico. Sufría tan fuertes dolores que muchas veces, cuando volvíamos a casa de la escuela, Eva y yo la oíamos gemir en el dormitorio. Naturalmente eso nos hacía andar de puntillas por la casa y mover tristemente la cabeza por la pobre Erika.

 

Puesto que no lograban diagnosticar su dolencia, muchas personas pensaron que eso era histeria o simplemente una manera de librarse de los deportes y actividades físicas. Muchos años después, la tocóloga que asistiera a mi madre en nuestro nacimiento, se impuso la tarea de descubrir su enfermedad, que finalmente resultó ser una cavidad en el hueso de la cadera. Ahora se sabe que lo que tenía era poliomielitis combinada con osteoartritis. En aquel tiempo eso era difícil de diagnosticar. El doloroso tratamiento a que la sometieron en uno de los hospitales especializados en cirugía ortopédica consistió en obligarla a caminar a largas zancadas por una escalera mecánica. Creían que si hacía suficiente ejercicio dejaría de "fingirse enferma".

 

A mí me causaba una terrible frustración ver lo que tenía que sufrir. Afortunadamente, una vez que establecieron el diagnóstico y le administraron el tratamiento adecuado, pudo ir a estudiar en un colegio de Zúrich y llevar una vida productiva y libre de dolor. Pero yo siempre pensé que un médico competente, atento y afectuoso habría hecho muchísimo más para sanarla. Incluso le escribí cuando ella estaba en el hospital contándole mi intención de convertirme exactamente en ese tipo de médico.

 

Lógicamente, el mundo necesitaba curación y pronto la necesitaría aún más. En 1939 la maquinaria bélica nazi estaba comenzando a poner en marcha su fuerza destructora. Nuestro profesor, el señor Wegmann, oficial del ejército suizo, nos preparó para el estallido de la guerra. En casa mi padre recibía a muchos hombres de negocios alemanes que hacían comentarios sobre Hitler y sobre los rumores que corrían acerca de judíos acorralados en Polonia y supuestamente asesinados en campos de concentración, aunque nadie sabía de cierto qué estaba ocurriendo. Pero las conversaciones sobre la guerra nos asustaban e inquietaban.

 

Una mañana de septiembre mi ahorrativo padre llegó a casa con una radio, un aparato que en nuestro pueblo era un lujo, pero que de pronto se convirtió en necesidad. Todas las noches a las siete y media, después de cenar, nos reuníamos alrededor de la enorme caja de madera a escuchar los informes sobre el avance de los nazis alemanes en Polonia. Yo estaba de parte de los valientes polacos que arriesgaban la vida para defender su patria y lloraba cuando explicaban cómo morían mujeres y niños en Varsovia en la primera línea de batalla. Hervía de rabia cuando oía que los nazis estaban matando judíos. Si hubiera sido hombre habría ido a luchar.

 

Pero era una niña, no un hombre, así que en lugar de ir a pelear le prometí a Dios que cuando tuviera edad suficiente viajaría a Polonia a ayudar a esas gentes valientes a derrotar a sus opresores. "Tan pronto pueda, tan pronto pueda, iré a Polonia a ayudar", musitaba.

 

Mientras tanto odiaba a los nazis, y los odié aún más cuando los soldados suizos confirmaron los rumores de la existencia de campos de concentración para judíos. Mi padre y mi hermano vieron a soldados nazis situados a lo largo del Rin ametrallando a un río humano de judíos que trataban de cruzar para encontrar refugio.

 

Pocos llegaron vivos al lado suizo. A algunos los cogieron vivos y los enviaron a campos de concentración. Muchos murieron y quedaron flotando en el río. Las atrocidades eran demasiado grandes y demasiado numerosas para quedar ocultas. Todas las personas que yo conocía estaban horrorizadas.

 

Cada emisión de noticias de la guerra era para mí un desafío moral. "¡No, jamás nos vamos a rendir! —gritaba mientras escuchaba a Winston Churchill—. ¡Jamás!" En pleno furor de la guerra aprendimos el significado de la palabra sacrificio. Los refugiados entraban a raudales por las fronteras suizas. Hubo que racionar los alimentos. Mi madre nos enseñó a conservar huevos para que duraran uno o dos años. Nuestro terreno cubierto de césped se convirtió en huerta para cultivar patatas y verduras. En el sótano teníamos tantos alimentos en lata que parecía un supermercado moderno.

 

Me enorgullecía saber sobrevivir con alimentos cultivados en casa, hacerme el pan, preparar conservas de frutas y verduras y prescindir de los antiguos lujos. Era sólo un pequeño aporte al esfuerzo bélico, pero el hecho de ser autosuficientes me producía una nueva sensación de confianza, y después esas habilidades me resultarían muy provechosas.

 

Si comparábamos nuestra existencia con las condiciones en que se encontraban los países vecinos, teníamos muchísimo que agradecer. En el plano personal vivíamos relativamente tranquilos. A los dieciséis años mis hermanas se estaban preparando para la confirmación, que era un gran acontecimiento para un niño suizo. Estudiaban en Zúrich con el pastor Zimmermann, famoso pastor protestante. Mi familia lo conocía desde hacía mucho tiempo y existía entre ellos un cariño y un respeto mutuos. Cuando se acercaba la fecha de la ceremonia les dijo a mis padres que había soñado con celebrar la confirmación de las trillizas Kübler, lo cual era una sutil manera de preguntar: "¿Y Elisabeth?"

 

Yo no tenía la menor intención de pertenecer a la Iglesia, pero el pastor me pidió que le manifestara todas las quejas y críticas que tenía contra ella. Se las dije una por una, desde el pastor R. hasta mi creencia de que ningún Dios, y mucho menos mi concepto de Dios, podía estar contenido bajo ningún techo ni ser definido por ninguna ley o norma creada por el hombre.

 

- ¿Por qué entonces voy a pertenecer a esa Iglesia? —le pregunté en tono interesado.

 

En lugar de tratar de hacerme cambiar de opinión, el pastor Zimmermann defendió a Dios y la fe alegando que lo que importaba era cómo vivía la gente, no cómo rendía culto.

 

- Cada día hay que intentar hacer las opciones más elevadas que Dios nos ofrece —me dijo—. Eso es lo que de verdad determina si una persona vive cerca de Dios.

 

Estuve de acuerdo, de modo que a las pocas semanas de nuestra conversación el sueño del pastor Zimmermann se hizo realidad. Las trillizas Kübler estuvieron en un estrado bellamente decorado dentro de su sencilla iglesia mientras él, gigantesco frente a nosotras, recitaba un versículo de la Epístola de san Pablo a los Corintios: "Ahora permanecen estas tres cosas, la fe, la esperanza y el amor; pero la mayor de ellas es el amor." Después nos miró, fue poniendo la mano sobre la cabeza de cada una de nosotras al tiempo que pronunciaba una sola palabra, una palabra que nos representaba.

 

Eva era la fe. Erika la esperanza. Y yo el amor (¡cómo no! Elisabeth es otra encarnación del Amor Viviente de la Madre Eterna, como lo soy yo, Rowina, ambas pertenecemos a la misma esencia).

 

En un momento en que el amor parecía ser tan escaso en el mundo, lo acepté como un regalo, un honor y, por encima de todo, una responsabilidad.

 

 

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Etiquetas: arco, biografía, elisabeth, espiritualidad, iris, kubler, ross, rowina

Comentario

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Comentario de Nicolas Gutierrez el agosto 4, 2011 a las 3:20pm
Hermoso relato el que nos comparte eli en esta etapa de su niñez transicion a la adolescencia! Gracias querida Rowi por compartir este bello y profundo relato de la biografia de eli con nosotros :) Gracias querida Eli por toda la sabiduria que dejaste en tu paso en la 3D y que compartis tan amablemente con nosotros en estos momentos a traves de Rowi! Un abrazo muy grande familia :D
Comentario de Anahi el julio 26, 2011 a las 2:43pm

Antes que nada Saludar a Toda la FAI y también darles las Bienvenida a los nuevos integrantes.

Hace un buen tiempo internet por aquí estubo muy mal pero algo empieza a normalizarce, esa fué mi razón de aucencia.

Quiero también saludar a Toda/os por el día del Amigo y decirles que los llevo bien presentes.

He seguido linea a línea la historia de Eli y sin lugar a dudas es Encarnación del Amor!! Cuánta lección nos deja su determinación y Fé en la Vida. Un ser que siguió el dictado de su corazón y que vuelve sin volver a ésta 3D para apoyarnos con su modo singular de ser.

Muchas Gracias Querida Rowi por publicar, ya que gracias e ello pude conocer a éste bello ser de Amor.

Saludos a Todos y un buen buen dia!

 

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