La puerta del Arco Iris

La Puerta de Acceso a la Nueva Vida

BIOGRAFÍA DE ELISABETH KÜBLER-ROSS. ETAPA DEL RATÓN, JUVENTUD DE NUESTRA HEROÍNA


Uf, cuánto he podido llorar al leer esta parte de la biografía de nuestra querida Eli, ¡cuánto se aprende a través del compromiso de esta petisa mujer a nivel físico, pero ENORME de corazón, digna encarnación del Amor Viviente de la Madre Crística! ¡Me siento tan hermanada a mi Eli, tan contenta que esté ahora tan presente en nuestras vidas!

 

Nos dejó el riquísimo legado de su intensa y comprometida vida, pero sobre todo, nos dejó una gran pista, para que averiguáramos más sobre la infamia del aspecto masculino de nuestro Yo superior y sobre la que parece ser la lección clave, para la que se viene a ‘jugar’ a la Tierra, como  dicen muchos absurdos gurús de la Nueva Era. Esta cruel lección es experimentar a fondo la INDIGNIDAD.

 

Eli me recordó hace unas cuantas noches, cuando hablaba de madrugada con ella porque no podía dormir, que yo había encarnado ahora en la Tierra de 3D para devolverle la dignidad a la vida que se vivía aquí. También me dijo, porque lo descubrió al desencarnar, que la 3D es como si tuviera el sello de la INDIGNIDAD, es decir, que solo se vivía aquí, mientras que cuando trascendías a otro plano dejabas de sentir la indignidad de inmediato. Eso la dio que pensar, y nuestra Eli, en un absoluto acto de amor VERDADERAMENTE INCONDICIONAL, ahora nos ayuda para desactivar esa dañina ‘lección’ humana, y, según como nos ha dicho hoy, ‘lección’ también para Tierra, nuestro amado Hogar. Es por completo imprescindible que encontremos la clave para desactivar la indignidad en nuestras vidas, y yo estoy sobre la pista. Tenerme en vuestro corazón, querida Familia, para que pueda dar con la clave.

 

Esta parte de la biografía de Eli, la que corresponde a su juventud, refleja la etapa de la sociedad contemporánea donde el ser humano vivió a fondo la indignidad, los que la sufrieron y los que la ejercieron, pues tanto los seres humanos que murieron en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, como la alemania nazi que los llevó a morir tan cruel y abominablemente, se tiñeron, y tiñeron a la conciencia humana con un profundo sentimiento de INDIGNIDAD que dura hasta hoy.

 

Preparar pañuelos, pues esta parte de la vida de Eli en verdad hace aflorar las lágrimas a los sintientes que solo deseamos vivir en paz, con fe, esperanza y genuino amor.

 

También quiero que toméis conciencia de que una crueldad tal como la que infringió la alemania nazi a un buen numero de seres humanos a los que consideraban inferiores por no ser de la raza aria, como ellos, no puede generarse simplemente a partir de un ser humano desalmado, como Adolf Hitler, sino por el concurso de varios aspectos paternales de varios yo superiores, que quisieron experimentar hasta dónde era capaz de aguantar el ser humano, cuando otro ser humano ejerce tal crueldad sobre él.

 

Es preciso que abramos bien los ojos, para que no nos llamemos a engaño y nos podamos quitar todos los yugos que nos han esclavizado hasta extenuarnos y dejarnos sin esperanza, es así como se debieron de sentir todos aquellos seres humanos que pasaron por la horrorosa experiencia de las cámaras de gas, y no solo ellos, sino sus hijos, padres, madres, esposos, hermanos….

 

Por favor, que ningún psiquiatra filosófico barato me vuelva a decir nunca más que la Tierra es un lugar de vacaciones al que se viene a jugar, en el que elegimos voluntariamente todo lo que vivimos, que nadie me lo diga jamás…

 

MI PROPIA BATA

Cuando acabé la enseñanza secundaria en la primavera de 1942, ya era una joven madura y seria. Albergaba pensamientos profundos. En mi opinión, mi futuro estaba en la Facultad de Medicina; mi deseo de ser médica era más fuerte que nunca; me sentía llamada a ejercer esa profesión. ¿Qué mejor que sanar a las personas enfermas, dar esperanza a las desesperadas y consolar a las que sufrían?

 

Pero mi padre seguía al mando, de modo que la noche en que decidió el futuro de sus tres hijas no se diferenció en nada de aquella tumultuosa noche de hacía tres años. Envió a Eva al colegio de formación general para señoritas y a Erika al gymnasium de Zúrich. En cuanto a mí, volvió a asignarme la profesión de secretaria-contable de su empresa. Demostró conocerme muy poco explicándome la maravillosa oportunidad que me ofrecía.

 

- La puerta está abierta —me dijo.

 

No traté de ocultar mi desilusión y dejé muy claro que jamás aceptaría semejante condena a prisión. Yo tenía un intelecto creativo y reflexivo y una naturaleza inquieta. Me moriría sentada todo el día ante un escritorio.

 

Mi padre perdió la paciencia rápidamente. No tenía el menor interés en discutir, mucho menos con una niña. ¿Qué puede saber una niña?

 

- Si mi oferta no te parece bien, puedes marcharte y trabajar de empleada doméstica —bufó.

 

Se hizo un tenso silencio en el comedor. Yo no quería batallar con mi padre, pero todas las fibras de mi cuerpo se negaban a aceptar el porvenir que me había elegido. Consideré la opción que me ofrecía. Ciertamente no quería trabajar de empleada doméstica, pero quería ser yo la que tomara las decisiones respecto a mi futuro. —Trabajaré de empleada doméstica —dije. En cuanto hube pronunciado esa frase mi padre se levantó y fue a encerrarse en su estudio dando un portazo.

 

Al día siguiente mi madre vio un anuncio en el diario. Una mujer francófona, viuda de un adinerado catedrático de Romilly, ciudad junto al lago de Ginebra, necesitaba una empleada que le llevara la casa, cuidara a sus tres hijos, sus animalitos y su jardín. Conseguí el puesto y me marché a la semana siguiente. Mis hermanas estaban tan tristes que no fueron a despedirme. En la estación tuve que arreglármelas para transportar una vieja maleta de cuero que era casi tan grande como yo.

 

Antes de separarnos, mi madre me regaló un sombrero de ala ancha que hacía juego con mi traje de lanilla y me pidió que reconsiderara mi decisión. Aunque yo ya estaba muerta de nostalgia por mi hogar, era demasiado tozuda para cambiar de opinión. Ya había tomado mi decisión. Lo lamenté tan pronto me bajé del tren y saludé a mi nueva jefa, madame Perret, y a sus tres hijos. Había hablado en suizo alemán. Ella se ofendió inmediatamente. —Aquí sólo hablamos en francés —me advirtió—. Empieza en este mismo instante.

 

Madame era una mujer corpulenta, alta y muy antipática. En otro tiempo había sido el ama de llaves del catedrático, y cuando murió la esposa de éste se casó con él. Después murió el catedrático, y ella heredó todo lo suyo, a excepción de su agradable carácter.

 

Ésa fue mi mala suerte. Trabajaba a diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche, y tenía medio día libre dos fines de semana al mes. Comenzaba encerando el suelo, después sacaba brillo a la plata, salía a hacer la compra, cocinaba, servía las comidas y ordenaba las cosas por la noche. Normalmente Madame deseaba tomar té a medianoche. Por fin me daba permiso para retirarme a mi pequeño cuarto. Por lo general me quedaba dormida antes de posar la cabeza en la almohada.

 

Pero si Madame no oía el ruido de la enceradora a las seis y media, casi me echaba abajo la puerta a golpes. "¡Es hora de empezar!"

 

En mis cartas a casa jamás decía que pasaba hambre ni que me sentía muy desgraciada, sobre todo cuando comenzó el frío y se aproximaban las fiestas. Al acercarse la Navidad eché terriblemente de menos mi casa. Me entristecía pensando en las agradables melodías que toda mi familia cantaba dichosa alrededor del piano. En mi imaginación veía los dibujos y manualidades que hacíamos mis hermanas y yo para regalarnos mutuamente. Pero Madame sólo me obligó a trabajar más. Continuamente recibía visitas, y además me prohibió que mirara su árbol de Navidad. "Sólo es para la familia", me dijo en un tono despreciativo que imitaban sus hijos, que no eran mucho menores que yo.

 

Toqué fondo la noche en que Madame dio una cena para los ex colegas de su marido en la universidad. Por orden de ella serví espárragos de entrante. En cuanto oí la campanilla con que ella me anunciaba que sus invitados habían terminado, me apresuré a entrar en el comedor a retirar los platos; pero al ver que en todos los platos todavía estaban los espárragos, volví a marcharme a la cocina. Madame volvió a tocar la campanilla. La escena se repitió, y volvió a repetirse una tercera vez. Me habría parecido cómico si no hubiera pensado que me estaba volviendo loca.

 

Finalmente Madame entró furiosa en la cocina. ¿Cómo podía ser yo tan imbécil?

 

- Entra ahí y retira los platos —me ordenó enfurecida—. Las personas educadas sólo se comen las puntas de los espárragos. ¡El resto se deja en el plato!

 

Así será, pero una vez que hube retirado los platos devoré todos los espárragos y los encontré deliciosos. Cuando acababa de zamparme el último, entró en la cocina uno de los invitados, un catedrático, que me preguntó qué demonios hacía yo allí.

 

- El motivo de perseverar aquí todo un año es que espero a tener la edad suficiente para entrar en un laboratorio —le dije tratando de contener las lágrimas que inundaban mis cansados ojos—. Quiero formarme como técnica de laboratorio para poder entrar en la Facultad de Medicina.

 

El catedrático me escuchó comprensivo. Después me entregó su tarjeta y me prometió que me encontraría trabajo en algún laboratorio apropiado. También se ofreció a alojarme temporalmente en su casa de Lausana; me dijo que tan pronto llegara a casa se lo diría a su esposa. A cambio, yo tenía que prometerle que me marcharía de esa horrorosa casa.

 

Varias semanas más tarde tuve un medio día libre. Fui a Lausana y llamé a la puerta del catedrático. Me abrió su esposa y me dijo entristecida que su marido había muerto hacía unos días. Hablamos largo rato. Me dijo que él me había buscado trabajo pero que ella no sabía dónde. Me fui de allí aún más deprimida.

 

De vuelta en casa de Madame trabajé más que nunca. Para Nochebuena iba a tener la casa llena de invitados. Yo no paraba de cocinar, planear las comidas, limpiar y hacer la colada. Una noche le supliqué que me dejara ver el árbol de Navidad, sólo cinco minutos; necesitaba recargarme espiritualmente.

 

- No, todavía no es Navidad —me dijo horrorizada, y reiteró su anterior advertencia—: Además, es sólo para la familia, no para empleadas.

 

En ese instante decidí marcharme. Cualquier persona que no compartiera su árbol de Navidad no era digna de mi trabajo ni de mis servicios.

 

Le pedí prestada una maleta de anea a una chica de Vevey y planeé mi escapada. La mañana de Navidad, cuando Madame no oyó funcionar la enceradora entró en mi cuarto y me ordenó comenzar mis tareas. Pero en lugar de obedecer le dije osadamente que ya no volvería a encerar pisos en mi vida. Después cogí mis cosas, las puse en un trineo y me marché a toda prisa para coger el primer tren. Me quedé a pasar la noche en Ginebra en casa de una amiga, que me mimó con un baño de espuma, té, bocadillos y pasteles y me prestó dinero para hacer el resto del trayecto hasta Meilen.

 

Llegué a casa al día siguiente de Navidad. Deslicé mi huesudo cuerpo por el portillo para la leche y me fui directamente a la cocina. Sabía que mi familia estaría fuera en su tradicional excursión a la montaña, de modo que grande y agradable fue mi sorpresa cuando oí ruidos arriba. Resultó ser mi hermana Erika, que se había quedado en casa debido al problema de su pierna. Ella se sintió igualmente sorprendida y feliz al descubrir que era yo la que hacía ruido abajo. Nos pasamos toda la noche sentadas en su cama conversando, poniéndonos al día de todo lo ocurrido en nuestras vidas.

 

Al día siguiente repetí las mismas historias a mis padres, que se sintieron indignados al enterarse de que me habían hecho pasar hambre y me habían explotado. No entendían por qué no había vuelto antes. Mi explicación no agradó a mi padre, pero dadas las penalidades que yo había pasado, sofrenó su ira y me dejó disfrutar de una cómoda cama y comidas nutritivas.

 

Cuando mis hermanas volvieron a sus respectivos colegios me encontré ante el mismo viejo problema de mi futuro. Nuevamente mi padre me ofreció un puesto en su empresa. Pero esta vez añadió otra opción, lo que ponía de manifiesto un enorme crecimiento personal por su parte. Me dijo que si no quería trabajar allí, yo podía buscarme una ocupación que me gustara y me hiciera feliz. Esa fue la mejor noticia que recibí en mi joven vida y oré para poder encontrar algo.

 

A los pocos días mi madre se enteró de que acababa de instalarse un nuevo instituto de investigación bioquímica. El laboratorio estaba situado en Feldmeiler, a unos pocos kilómetros de Meilen y me pareció perfecto. Conseguí concertar una entrevista con el propietario del laboratorio y me vestí especialmente para la ocasión, esforzándome por parecer mayor y profesional. Pero el joven doctor Hans Braun, un científico ambicioso, no se dejó impresionar. Me dijo que estaba ocupadísimo y que necesitaba personas inteligentes que se pusieran a trabajar en seguida.

 

-¿Puede comenzar ahora mismo?

 

-Sí.

 

Me contrató como aprendiza.

 

- Hay un solo requisito —me dijo—. Traiga su bata blanca de laboratorio.

 

Eso era lo único que yo no tenía. Se me encogió el corazón; creí que la oportunidad se me escapaba de las manos, y supongo que se me notó.

 

- Si no tiene bata, con mucho gusto le proporcionaré una —me ofreció el doctor Braun.

 

Yo me sentí extasiada, y más feliz aún cuando me presenté el lunes a las ocho de la mañana y vi tres preciosas batas blancas, con mi nombre bordado, colgadas en la puerta de mi laboratorio. No había en todo el planeta un ser más feliz que yo.

 

La mitad del laboratorio se destinaba a fabricar cremas, cosméticos y lociones, mientras que la parte donde yo trabajaba, un enorme invernadero, estaba dedicada a investigar los efectos producidos en las plantas por materias cancerígenas. La teoría del doctor Braun era que no era necesario experimentar los agentes cancerígenos con animales, ya que lo mismo podía hacerse, con precisión y poco gasto, con plantas. Su entusiasmo hacía parecer más que factibles sus conceptos. Pasado un tiempo advertí que a veces llegaba al laboratorio deprimido y escéptico ante todo y todos, y se pasaba todo el día encerrado con llave en su despacho. Después caí en la cuenta de que era maníaco depresivo. Pero sus agudos cambios de humor jamás entorpecieron mi trabajo, que consistía en inyectar a ciertas plantas sustancias nutritivas, cancerígenas a otras, observarlas escrupulosamente y anotar en respectivos cuadernos cuáles se desarrollaban de forma normal, cuáles de forma anormal, excesivamente o muy poco.

 

Yo me sentía cautivada, no sólo por la importancia del trabajo, que tenía la posibilidad de salvar vidas, sino además porque un simpático técnico de laboratorio me daba lecciones de química y ciencias, complaciendo así mi ilimitado apetito de saber. Pasados unos meses comencé a viajar a Zúrich dos días a la semana para asistir a clases de química, física y matemáticas, en las que superaba a treinta compañeros varones al recibir sobresalientes. La segunda de la clase era otra chica. Pero después de nueve meses de dicha el sueño se me convirtió en pesadilla; el doctor Braun, que había invertido millones en el laboratorio, se arruinó.

 

Nadie en el trabajo se enteró de la noticia hasta una mañana de agosto cuando nos presentamos a trabajar y encontramos la puerta cerrada. El destino y paradero del doctor Braun eran un misterio. Igual podía estar hospitalizado a causa de una de sus crisis maníacas, que estar en la cárcel. ¿Quién sabe si volveríamos a verlo alguna vez? La respuesta resultó ser "nunca". Los policías que custodiaban la puerta nos informaron de que estábamos despedidos, pero amablemente nos dieron tiempo para sacar las cosas del laboratorio y salvar informes pertinentes. Después de tomar un té con el grupo y de despedirnos con tristeza, me dirigí a casa, de nuevo sin empleo y muy amargada al ver destrozado otro sueño más.

 

A consecuencia de mi mala suerte encontré la llave para mi profesión futura. Al despertar por la mañana sólo tenía que imaginarme trabajando en la oficina de mi padre para dejar de autocompadecerme y ponerme a buscar trabajo de inmediato. Mi padre me había concedido tres semanas para buscar otro empleo. Si al cabo de ese tiempo no encontraba nada, yo comenzaría a trabajar de contable en su oficina, destino para mí inconcebible después de la felicidad de trabajar en un laboratorio de investigación.

 

Sin pérdida de tiempo cogí el listín de teléfonos de Zúrich y escribí con vehemencia febril a todos los institutos, hospitales y clínicas de investigación. Además de hacer constar mis estudios y notas, de añadir cartas de recomendación y una foto, rogaba pronta contestación.

 

Era el final del verano, una época nada buena para buscar trabajo. Todos los días corría a mirar el buzón; cada día me parecía un año. Las primeras respuestas no fueron favorables; tampoco las de la segunda semana. En todas expresaban su admiración por mi entusiasmo, amor por el trabajo y buenas notas, pero ya estaban ocupadas todas sus vacantes para aprendices. Me alentaban a volver a enviar la solicitud al año siguiente; entonces tendrían muchísimo gusto en considerar mi petición. Pero entonces sería demasiado tarde.

 

Durante casi toda la tercera semana esperé junto al buzón, sin tener suerte. Entonces, hacia el final de la semana el cartero trajo la carta por la que tanto había rogado. El Departamento de Dermatología del Hospital Cantonal de Zúrich acababa de perder a uno de sus aprendices de laboratorio y necesitaban cubrir la vacante inmediatamente. Me presenté allí sin pérdida de tiempo. Médicos y enfermeras pasaban a toda prisa por los corredores. Aspiré el inequívoco aroma de medicamentos que impregna el aire de todos los hospitales como si fuera mi primer aliento; me sentí como en mi casa.

 

El laboratorio de dermatología estaba en el sótano. Lo dirigía el doctor Karl Zehnder, cuyo despacho sin ventana estaba situado en una esquina. Al instante me di cuenta de que el doctor Zehnder trabajaba muchísimo. Tenía el escritorio cubierto de papeles y el laboratorio bullía de actividad. Después de una buena entrevista, el doctor me contrató. Yo no veía la hora de contárselo a mi padre. También sentí una inmensa satisfacción al poder decirle al doctor Zehnder que cuando comenzara el lunes por la mañana llevaría mi propia bata.

LA PROMESA

Cada día al entrar en el hospital hacía una honda inspiración para aspirar lo que para mí era el olor más sagrado y bendito del mundo entero, y después bajaba corriendo a mi laboratorio sin ventanas. En ese extraño y caótico tiempo de guerra, cuando escaseaban las cosas más elementales, tales como alimentos y médicos, sabía que no estaría enterrada eternamente en ese sótano. Tenía razón.

 

Llevaba varias semanas trabajando allí cuando el doctor Zehnder me preguntó si no me interesaría extraer muestras de sangre a enfermos de verdad. Las pacientes a las que iba a sacar muestras de sangre eran prostitutas que se encontraban en las últimas fases sintomáticas de enfermedades venéreas. En aquel tiempo, antes de que se inventara la penicilina, a los que padecían enfermedades venéreas se los trataba como ahora a los enfermos de sida; se les temía y rechazaba, se los dejaba abandonados y aislados. Más tarde el doctor Zehnder me diría que había esperado que yo me negara. Pero me dirigí en seguida al deprimente sector del hospital donde se encontraban las Pacientes.

 

Creo que eso es lo que distingue a las personas que se sienten llamadas a la profesión médica y las que lo hacen por dinero.

 

El estado de las enfermas era lamentable. Tenían tan infectado el cuerpo que muchas ni siquiera podían sentarse en una silla o echarse en una cama. Estaban suspendidas en hamacas. A primera vista eran unos seres patéticos y dolientes; pero eran seres humanos, y una vez que hablé con ellas descubrí que eran personas tremendamente amables, simpáticas y amorosas, que habían sido rechazadas por sus familias y por la sociedad. No tenían nada, por lo que sentí un deseo aún mayor de servirlas.

 

Después de extraerles las muestras de sangre me senté en las camas y estuve horas charlando con ellas acerca de sus vidas, las cosas que habían visto y experimentado y la existencia en general. Comprendí que tenían necesidades afectivas tan enormes como sus necesidades físicas. Ansiaban amistad y compasión, cosa que yo podía ofrecerles, y ellas a su vez me abrieron el corazón de par en par. Fue un trueque justo que me preparó para cosas peores.

 

El 6 de junio de 1944 las tropas aliadas desembarcaron en Normandía, el Día D. Eso cambió el curso de la guerra y muy pronto notamos los efectos de la invasión en masa. Los refugiados entraron a raudales en Suiza. Llegaban en oleadas, día tras día, a cientos. Algunos entraban cojeando, otros arrastrándose y otros eran transportados. Algunos venían de muy lejos, de Francia. Algunos eran hombres ancianos y heridos. La mayoría eran mujeres y niños. Prácticamente de la noche a la mañana el hospital se llenó a rebosar con estas víctimas traumatizadas.

 

Eran conducidos directamente a la sala dermatológica, donde los metíamos en nuestra enorme bañera, los despiojábamos y desinfectábamos. Sin siquiera pedirle permiso a mi jefe, me puse a trabajar con los niños. Los rociaba con jabón líquido para curarles la sarna y los frotaba con un cepillo suave. Una vez que estaban vestidos con ropa recién lavada, les daba lo que a mi juicio necesitaban más, abrazos y palabras tranquilizadoras: "Todo irá bien."

 

Eso continuó sin parar durante tres semanas. Yo me absorbí totalmente en el trabajo y me olvidé de mi bienestar, cuando otros estaban tan mal. De pronto caía en la cuenta de que tenía que comer. ¿Dormir? ¿Quién tenía tiempo? Llegaba a casa pasada la medianoche y al día siguiente volvía a salir al alba. Estaba tan concentrada en los niños sufrientes y asustados, tan alejada de las actividades normales diarias, tan inmersa en responsabilidades distintas a aquellas para las que me habían contratado, que pasaron días sin que me diera cuenta de algo que tendría que haber sido una noticia importantísima: mi jefe, el doctor Zehnder, se había marchado y su puesto estaba ocupado por el doctor Abraham Weitz.

 

Yo estaba atareadísima tratando de encontrar comida para los refugiados hambrientos. Con la ayuda de otro aprendiz de laboratorio, un picaro llamado Bald-win al que le encantaba inventar travesuras, ideamos un plan para llenar esos plañideros estómagos. Durante varias noches seguidas pedimos comidas completas a la cocina del hospital, las poníamos en enormes carros y las distribuíamos entre los niños. Si quedaba algo, se lo dábamos a los adultos. Finalmente, cuando niños y adultos por igual estaban limpios, vestidos y comidos, eran trasladados a diversas escuelas de la ciudad y dejados a cargo de la Cruz Roja.

 

Yo sabía que inevitablemente iban a detectar el desvío de esos preciados alimentos y que en consecuencia tomarían medidas disciplinarias. Por eso, cuando el doctor Weitz me llamó a su oficina, acudí con la esperanza de que el castigo no fuera demasiado severo, pero la verdad es que me imaginaba que me iba a despedir. Además del asunto de la comida, había olvidado totalmente pedir disculpas por no hacer mi trabajo de laboratorio, y ni siquiera me había presentado a saludar a mi jefe. Pero en lugar de despedirme, el doctor Weitz me felicitó. Me dijo que me había observado desde lejos cuando estaba trabajando con los niños y que jamás había visto a nadie tan absorto y feliz con su trabajo.

 

- Debe cuidar a los niños refugiados —me dijo—. Ese es su destino.

 

Nada podría haberme aliviado ni estimulado más. Después el doctor me habló de la urgente necesidad de atención médica en su país natal asolado por la guerra, Polonia. Las terribles historias que me contó, sobre todo las de niños en campos de concentración, me conmovieron profundamente, me hicieron llorar. Su familia había sufrido enormemente.

 

- Necesitamos personas como usted allá. Si puede, si termina su aprendizaje, tiene que prometerme que irá a Polonia y me ayudará a hacer este trabajo allí.

 

Agradecida por no haber sido despedida, y también animada por sus palabras, se lo prometí.

 

Pero aún faltaba la otra parte. Esa noche, el administrador jefe del hospital nos llamó a Baldwin y a mí a su despacho. Rendida de cansancio sólo sentí desdén por ese burócrata gordo, mimado y pagado de sí mismo, sentado ante su escritorio de caoba aspirando un puro y mirándonos como si fuéramos ladrones. Nos exigió que pagáramos el precio de los cientos de comidas que les servimos a los niños refugiados o que entregáramos la cantidad equivalente en cupones de racionamiento. "Si no, quedáis despedidos inmediatamente."

 

Yo me sentí aniquilada, porque no quería perder mi empleo ni dejar mi aprendizaje, pero no tenía la menor posibilidad de conseguir ese dinero. Cuando bajé al sótano, el doctor Weitz presintió que ocurría algo terrible y me obligó a contárselo. Movió la cabeza disgustado y me dijo que no me preocupara por la burocracia. Al día siguiente fue a ver a los jefes de la comunidad judía de Zúrich y con su ayuda se pagó rápidamente al hospital las comidas no autorizadas con una enorme cantidad de cartillas de racionamiento. Eso no sólo me permitió conservar el trabajo sino que me reafirmó en la promesa que le hiciera a mi benefactor el doctor Weitz de contribuir a la reconstrucción de Polonia una vez que acabara la guerra. No tenía idea de lo pronto que sería eso.

 

Durante los años anteriores, en incontables ocasiones había ayudado a mi padre a preparar para los invitados nuestra cabaña de montaña en Aniden, pero resultó diferente cuando me pidió que lo acompañara allí a comienzos de enero de 1945. En primer lugar, yo necesitaba ese descanso de fin de semana; y a su vez él me prometió que los invitados eran personas que me iban a encantar; y tenía razón. Nuestros invitados pertenecían al Servicio Internacional de Voluntarios por la Paz; eran veinte en total, en su mayoría jóvenes y procedentes de todas partes de Europa. A mí me parecieron un grupo de idealistas inteligentes. Después de mucho cantar, reír y comer vorazmente, escuché embelesada su explicación de las tareas que realizaba la organización, fundada después de la Primera Guerra Mundial y que posteriormente sirvió de modelo para los Cuerpos de Paz estadounidenses: se dedicaban a crear un mundo de paz y colaboración.

 

¿Paz mundial? ¿Cooperación entre los países y pueblos? ¿Ayudar a los pueblos asolados de Europa cuando la guerra terminara? Ésos eran mis sueños más ambiciosos. Sus relatos sobre trabajos humanitarios sonaron a mis oídos como música celestial. Cuando descubrí que había una sucursal en Zúrich, no pensé en otra cosa que inscribirme, y en cuanto advertí señales de que la guerra iba a terminar pronto, llené una solicitud y me imaginé abandonando la pacífica isla que era Suiza para ayudar a los supervivientes de los países de Europa devastados por la guerra.

 

Hablando de música celestial, no hubo sinfonía más maravillosa que la que llenó el aire el 7 de mayo de 1945, el día que acabó la guerra. Yo estaba en el hospital. Como si obedecieran a una señal, pero de forma espontánea, las campanas de las iglesias de toda Suiza comenzaron a tañer al unísono, haciendo vibrar el aire con los repiques jubilosos de la victoria y, por encima de todo, de la paz. Con la ayuda de vanos trabajadores del hospital, llevé a los pacientes al terrado, uno a uno, incluso a aquellos que no podían levantarse de la cama, para que pudieran gozar de la celebración.

 

Fueron momentos que todos compartimos, ancianos, personas débiles y recién nacidos. Algunos de pie, otros sentados, incluso varios en silla de ruedas o tendidos en camillas, algunos sufriendo intensos dolores. Pero en aquel momento eso no importaba. Estábamos unidos por el amor y la esperanza, la esencia de la existencia humana, y para mí fue algo muy hermoso e inolvidable. Lamentablemente, era sólo una ilusión.

 

Cualquiera que creyera que la vida había vuelto a la normalidad, sólo tenía que entrar en el Servicio de Voluntarios por la Paz. A los pocos días de terminadas las celebraciones, me llamó el jefe de un contingente de unos cincuenta voluntarios que planeaban atravesar la frontera de Francia, recién abierta, para reconstruir Écurcey, una pequeña y antaño pintoresca aldea que había sido destruida casi totalmente por los nazis. Quería que me uniera a ellos. No podía imaginar nada mejor que dejarlo todo e ir, aunque para lograrlo tendría que superar muchos obstáculos.

 

Como es lógico estaba mi trabajo; pero el doctor Weitz, mi principal respaldo, me concedió de inmediato la excedencia del trabajo en el hospital. En casa la historia fue muy distinta. Cuando saqué el tema durante la cena, más como un hecho que como petición de permiso, mi padre exclamó que estaba loca, y que además era ingenua al no pensar en los peligros que arrostraría allí. Mi madre, tal vez pensando en el porvenir más previsible de mis hermanas, sin duda deseó que me pareciera más a ellas en lugar de exponerme a los peligros de las minas terrestres, la escasez de alimentos y las enfermedades. Pero ninguno comprendió mis deseos. Mi destino, el que fuera, aún estaba muy lejano, en algún lugar del desierto del sufrimiento humano.

 

Si quería llegar allí, si alguna vez iba a conseguir ayudar a los demás, tenía que ponerme en marcha.

EL SENTIDO DE MI VIDA

Parecía una adolescente camino del campamento de vacaciones cuando entré en Écurcey montada en una vieja bicicleta que alguien encontró en la frontera. Ésa era la primera vez que me aventuraba fuera de las seguras fronteras suizas, y allí recibí un curso acelerado sobre las tragedias que la guerra había dejado a su paso. La típica y pintoresca aldea que fuera Écurcey antes de la guerra había sido totalmente arrasada. Por entre las casas derruidas vagaban sin rumbo algunos jóvenes, todos heridos. El resto de la población lo formaba en su mayoría personas ancianas, mujeres y un puñado de niños. Había además un grupo de prisioneros nazis encerrados en el sótano de la escuela.

 

Nuestra llegada fue un gran acontecimiento. Todo el pueblo salió a recibirnos, entre ellos el propio alcalde, el cual manifestó que en su vida se había sentido tan agradecido. Yo sentía lo mismo; mi gratitud era inmensa por la oportunidad de servir a personas que necesitaban asistencia. Todo el grupo de voluntarios vibrábamos de vitalidad. Rápidamente puse en práctica todo lo que había aprendido hasta ese momento, desde las elementales técnicas de supervivencia que me había enseñado mi padre en las excursiones por las montañas hasta los rudimentos de medicina que había aprendido en el hospital. El trabajo era tremendamente gratificante. Cada día estaba lleno de sentido.

 

Las condiciones en que vivíamos eran malísimas, pero yo no podría haberme sentido más feliz. Dormíamos en camastros desvencijados o en el suelo bajo las estrellas. Si llovía nos mojábamos. Nuestras herramientas consistían en picos, hachas y palas. Una mujer sesentona que iba con nosotros nos contaba historias de trabajos similares después de la Primera Guerra Mundial, en 1918. Nos hacía sentir bienaventurados por lo que teníamos, por poco que fuese.

 

Por ser la más joven de las dos voluntarias, se me encomendó la tarea de cocinar. Puesto que ninguna de las casas que seguían en pie tenía cocina aprovechable, entre vanos construimos una al aire libre, con un enorme hornillo de leña. El mayor problema era los alimentos. Las raciones que llevábamos desaparecieron casi en seguida al distribuirlas por toda la aldea; en la tienda de comestibles, que estaba milagrosamente intacta, no quedaba nada, aparte del polvo en las estanterías. Varios voluntarios se pasaban todo el día explorando los bosques y granjas de los alrededores para conseguir alimentos suficientes para una sola comida. En una ocasión sólo dispusimos de un pescado frito para alimentar a cincuenta personas. Pero compensábamos la falta de carne, patatas y mantequilla con animada camaradería. Por la noche nos reuníamos a contar historias y a entonar canciones, con las que, según descubrí después, disfrutaban los prisioneros alemanes desde el sótano de la escuela. Los días siguientes a nuestra llegada observamos que todas las mañanas sacaban a los prisioneros y los obligaban a caminar por toda la zona. Cuando volvían, a la caída del sol siempre faltaban uno o dos.

 

Haciendo preguntas nos enteramos de que los utilizaban para detectar minas. Los que no volvían habían saltado en pedazos al pisar una de las minas que ellos mismos habían puesto. Horrorizados, pusimos fin a esa práctica amenazando con ir caminando delante de los alemanes; convencimos a los aldeanos de que era mejor emplear a los nazis en los trabajos de construcción.

 

A excepción de los habitantes de la aldea, nadie odiaba más a los nazis que yo. Si las atrocidades cometidas en esa aldea no hubieran sido suficientes para atizar mi hostilidad, sólo tenía que pensar en el doctor Weitz preguntándose en el laboratorio si seguirían con vida sus familiares en Polonia. Pero durante las primeras semanas que pasé en Ecurcey comprendí que esos soldados eran seres humanos derrotados, desmoralizados, hambrientos y asustados ante la idea de volar en pedazos en sus campos minados, y me dieron lástima.

 

Dejé de pensar que eran nazis y empecé a considerarlos simplemente hombres necesitados. Por la noche les pasaba pequeñas pastillas de jabón, hojas de papel y lápices a través de los barrotes de hierro de las ventanas del sótano. Ellos a su vez expresaron sus más hondos sentimientos en conmovedoras cartas a la familia. Yo las guardé entre mi ropa para enviarlas a sus parientes cuando estuviera de vuelta en casa. Años después, las familias de esos soldados, la mayoría de los cuales regresó con vida, me hicieron llegar misivas de sincera gratitud. En realidad, el mes que pasé en Ecurcey, a pesar de las penurias y a pesar de que sentí tener que abandonar la aldea, no podría haber sido más positivo. Reconstruimos casas, es cierto, pero lo mejor que dimos a esas personas fue amor y esperanza.

 

Ellos a su vez confirmaron nuestra creencia de que ese trabajo era importante. Cuando nos marchábamos, el alcalde se acercó a mí para despedirme, y un anciano achacoso que se había hecho amigo de los voluntarios y que me llamaba la "cocinenta" me entregó una nota que decía: "Has prestado un maravilloso servicio humanitario. Te escribo porque no tengo familia. Quiero decirte que, tanto si morimos como si continuamos viviendo aquí, jamás te olvidaremos. Acepta por favor la profunda y sincera gratitud y amor de un ser humano a otro."

 

En mi búsqueda por descubrir quién era yo y qué deseaba hacer en la vida, este mensaje me sirvió muchísimo. La maldad de la Alemania nazi recibió su merecido durante la guerra y cuando ésta terminó sus atrocidades continuaron siendo juzgadas. Pero comprendí que las heridas infligidas por la guerra, así como el consiguiente sufrimiento y dolor experimentados en casi todos los hogares (al igual que los actuales problemas de violencia, carencia de techo y el sida) no podían curarse a menos que la gente reconociera, como yo y los voluntarios por la paz, el imperativo moral de cooperar y ayudar.

 

Transformada por esa experiencia, me resultó difícil aceptar la prosperidad y abundancia de mi hogar suizo. Me costó mucho reconciliar las tiendas llenas de alimentos y las empresas prósperas con el sufrimiento y la ruina que había en el resto de Europa. Pero mi familia me necesitaba. Mi padre se había lesionado la cadera, y debido a eso habían puesto en venta la casa y se disponían a mudarse a un apartamento en Zúrich para estar más cerca de su oficina. Como mis hermanas se hallaban estudiando en Europa y mi hermano estaba en la India, yo me ocupé de empacar nuestras pertenencias y de otros detalles.

 

Tenía sentimientos encontrados. Con tristeza comprendí que había llegado la hora de despedirme de mi juventud, de esos maravillosos paseos por los viñedos, de mis bailes en mi soleada roca secreta. Al mismo tiempo, había madurado bastante y me sentía preparada para pasar a la siguiente fase.

 

En resumen, volví a mi actividad en el laboratorio del hospital. En junio aprobé el examen de aprendizaje y al mes siguiente conseguí un maravilloso trabajo de investigación en el Departamento de Oftalmología de la Universidad de Zúrich. Pero mi jefe, el famoso médico y catedrático Marc Amsler, que me confió responsabilidades extraordinarias, entre ellas asistirlo en las operaciones, sabía que no entraba en mis planes trabajar allí más de un año. No sólo iba a estudiar en la Facultad de Medicina sino que además continuaba pensando en unirme al Servicio de Voluntarios por la Paz.

 

Y estaba la promesa hecha al doctor Weitz. Sí, Polonia seguía formando parte de mis planes.

 

- Ay, la golondrina emprende el vuelo otra vez —comentó el doctor Amsler cuando presenté mi dimisión después de que me llamaran del Servicio para encomendarme una nueva tarea.

 

No se enfadó ni se sintió decepcionado. Durante ese año se había hecho a la idea de mi marcha, ya que solíamos hablar de mi compromiso con el Servicio de Voluntarios. Observé un destello de envidia en sus ojos. En los míos brillaba la certeza de una nueva aventura.

 

Era primavera. El Servicio de Voluntarios se había comprometido a colaborar en la construcción de un campo de recreo en una contaminada ciudad minera de los alrededores de Mons (Bélgica); el aire allí era viciado y polvoriento, de modo que el campo de recreo se emplazaría en una colina, donde la atmósfera sería más pura. Me enteré de que el proyecto databa de antes de la guerra. El jefe de la oficina de ferrocarril de Zúrich donde compré el billete me dijo que el tren sólo cubría parte del recorrido, pero le aseguré que el resto del camino lo haría por mi cuenta. Me detuve en París, ciudad que no conocía, y continué a pie o en autostop con mi repleta mochila, durmiendo en albergues de juventud, hasta llegar a la sucia ciudad minera.

 

El lugar era deprimente; el aire estaba impregnado de polvo, que lo cubría todo con una fina capa gris. Debido a los terribles efectos secundarios de la inhalación del polvo de carbón, abundaban las enfermedades pulmonares, de modo que la esperanza de vida allí apenas pasaba de los cuarenta años, un futuro nada prometedor para los encantadores niños del pueblo. Nuestra tarea, y el objetivo soñado por el pueblo, era limpiar una de las colmas eliminando los desechos de las minas, y construir un campo de juegos al aire libre por encima de la atmósfera contaminada. Con palas y picos trabajábamos hasta que nos dolían los músculos por el agotamiento, pero los vecinos del pueblo nos ofrecían tantas empanadillas y pasteles que engordé siete kilos durante las pocas semanas que estuve allí.

 

También hice importantes contactos. Una noche en que nos reunimos un grupo a cantar canciones populares después de una abundante cena, conocí al único estadounidense de nuestro grupo. Era bastante joven, y pertenecía a la secta de los cuáqueros. Le encantó mi inglés chapurreado y me dijo que se llamaba David Ri-chie. "De Nueva Jersey." Pero yo ya había oído hablar de él. Richie era uno de los voluntarios más famosos, consagrado en cuerpo y alma a trabajar por la paz. Sus tareas lo habían llevado desde los guetos de Filadelfia a los lugares más asolados por la guerra en Europa. Hacía poco, me explicó, había estado en Polonia, y estaba a punto de volver allí.

 

¡Dios mío! Esa era la demostración de que nada ocurre por casualidad. Polonia.

 

Aprovechando la ocasión, le conté la promesa que había hecho a mi anterior jefe y le supliqué que me llevara con él. David reconoció que había muchísima necesidad de ayuda allí, pero me dio a entender que llevarme allí sería bastante difícil. Era imposible conseguir medios de transporte seguros y no había dinero para comprar billetes. Aunque yo era pequeña comparada con la mayoría, representaba mucho menos de veinte años y sólo tenía el equivalente a unos quince dólares en el bolsillo, no presté atención a esos obstáculos.

 

- ¡Iré a dedo! —exclamé.

 

Impresionado, divertido y consciente del valor del entusiasmo, me dijo que intentaría hacerme llegar allí.

 

No me hizo ninguna promesa, sólo dijo que lo intentaría.

 

Eso casi no importó. La noche anterior a mi salida para mi nueva misión en Suecia me hice una grave quemadura preparando la cena. Una vieja sartén de hierro se rompió en dos derramándome el aceite caliente en la pierna, lo que me produjo quemaduras de tercer grado y ampollas. Muy vendada, me puse en marcha de todos modos, con unas cuantas mudas limpias de ropa interior y una manta de lana por si tenía que dormir al aire libre. Cuando llegué a Hamburgo, me dolía terriblemente la pierna. Me quité las vendas y comprobé que las quemaduras estaban infectadas. Aterrada ante la idea de quedarme clavada en Alemania, que era el último lugar de la Tierra donde quería estar, encontré un médico que me trató la herida con un ungüento, lo que me permitió seguir mi camino.

 

De todas maneras fue penoso. Pero gracias a un voluntario de la Cruz Roja que me vio angustiada en el tren, llegué cojeando a un hospital bien equipado de Dinamarca. Varios días de tratamiento y deliciosas comidas me permitieron alcanzar en buena forma el campamento del Servicio de Voluntarios en Estocolmo. Pero ser terca también sus inconvenientes.

 

Ya sana y restaurada, me sentí frustrada por mi nueva tarea, que consistía en enseñar a un grupo de jóvenes alemanes a organizar sus propios campamentos de Servicio de Voluntarios por la Paz. El trabajo no era nada emocionante. Además, la mayoría de esos jóvenes me causaron repugnancia al reconocer que habían preferido apoyar a los nazis de Hitler en lugar de oponerse a ellos por razones éticas, que era lo que, según alegaba yo, deberían haber hecho. Sospeché que eran unos oportunistas que querían aprovecharse de las tres comidas al día en Suecia.

 

Pero había otras personas fantásticas. Un anciano emigrado ruso de noventa y tres años se enamoró de mí. Durante esas semanas estuvo consolándome cuando sentía nostalgia de mi casa y entreteniéndome con interesantes conversaciones acerca, de Rusia y Polonia. Cuando hubo pasado sin pena ni gloria mi vigésimo primer cumpleaños, me alegró la vida cogiendo el diario que yo llevaba y escribiendo: "Tus brillantes ojos me recuerdan la luz del sol. Espero que volvamos a encontrarnos y tengamos la oportunidad de saludar juntos al sol. Au revoir." Siempre que necesitaba un estímulo, sólo tenía que abrir mi diario en aquella página.

 

Una vez hecha su impresión, el amable y animado anciano desapareció. La vida estaba dominada por el azar, pensé. Comprendí que lo único que hay que hacer es estar receptiva a su significado. ¿Le habría ocurrido algo? ¿Sabría tal vez que se acababa nuestro tiempo? Tan pronto se marchó llegó un telegrama de mi amigo David Richie. Lo abrí nerviosísima y sentí ese escalofrío de expectación que te recorre cuando todas las esperanzas y sueños se confirman de pronto. "Betli, vente a Polonia lo más pronto posible", escribía. "Se te necesita muchísimo." Por fin, pensé. Ningún regalo de cumpleaños podría haber sido mejor.

TIERRA BENDITA (POLONIA)

Llegar a Varsovia fue difícil. Trabajé para un granjero segando el heno y ordeñando vacas para ganar el dinero suficiente para mi viaje. Después me fui a dedo hasta Estocolmo, donde conseguí visado y me gasté casi todo el dinero arduamente ganado en un billete para el barco. Y menudo barco también; tenía todo el casco oxidado, y los incesantes crujidos no inspiraban la confianza de que lograra llegar a Gdansk (Danzig). Mi billete era de tercera. Por la noche me acurruqué en un duro banco de madera y soñé con lujos y comodidades, como por ejemplo una cálida manta y una mullida almohada, y no hice ningún caso de cuatro hombres que merodeaban por la cubierta en la oscuridad. Estaba demasiado agotada para preocuparme.

 

Resultó que no había de qué preocuparse. Por la mañana se presentaron los cuatro hombres, todos de diferentes países del Este, todos médicos. Venían de regreso de un congreso médico. Afortunadamente para mí, me invitaron a hacer el resto del viaje a Varsovia con ellos. La estación de ferrocarril estaba abarrotada, y el andén donde se detuvo el tren estaba peor aún. La gente no sólo llevaba enormes cantidades de maletas y baúles; algunos llevaban también gallinas y gansos, y otros, cabras y ovejas. Parecía una caótica arca de Noé.

 

Si hubiera ido sola, jamás podría haberme subido al tren. Cuando el convoy llegó, se armó un tremendo alboroto, pues toda la gente chillaba tratando de embarcar. Uno de los médicos, un húngaro alto y desmadejado, trepó al techo con la agilidad de un mono y desde allí nos ayudó a subir a los demás. Yo me agarré a la chimenea cuando sonó el pito y el tren se puso en marcha. No eran los asientos más seguros del tren, ciertamente, sobre todo cuando entraba en los túneles y teníamos que aplastarnos contra el techo, o cuando de la chimenea salía un humo negro que nos hacía difícil respirar. Pero cuando el tren se desocupó un poco pudimos bajar e instalarnos en un compartimiento. Compartiendo la comida y contándonos nuestras respectivas experiencias, de pronto el viaje nos pareció un verdadero lujo.

 

Si el viaje a Varsovia fue una aventura, la llegada allí fue algo increíble. Para mis compañeros de viaje era el lugar donde tenían que cambiar de trenes. Yo, por mi parte, sabía que me encontraba en una encrucijada, el lugar donde algo tenía que suceder. Con las caras ennegrecidas como un grupo de deshollinadores, nos despedimos. Después empecé a escudriñar la multitud en busca de señales de mi amigo cuáquero. No había podido comunicar a nadie la fecha de mi llegada. ¿Sabrían cuándo ir a recogerme a la estación? ¿Adonde tenía que acudir?

 

Pero el destino se parece mucho a la fe; ambas cosas exigen una ferviente confianza en la voluntad de Dios. Miré hacia un lado, miré hacia el otro. No vi a nadie conocido. De pronto, por encima de un mar humano vi ondear una inmensa bandera suiza. Entonces vi a Richie y a varios otros. Era un milagro que estuvieran allí. ¡El abrazo que le di! Sus amigos me ofrecieron té caliente y sopa. Jamás alimento alguno me había sabido tan bien como ése. Tampoco me habría venido mal un largo sueño en una buena cama. Pero nos subimos en la caja descubierta de un camión y pasamos el resto del día viajando por caminos de tierra, bombardeados y llenos de baches, en dirección al campamento del Servicio de Voluntarios instalado en la fértil región de Lucima.

 

El trayecto me puso de manifiesto la urgencia con que nos necesitaban allí. Habían transcurrido casi dos años desde el final de la guerra y Varsovia continuaba en ruinas. Bloques enteros de edificios estaban convertidos en montañas de escombros. Sus habitantes, alrededor de 300.000 personas, vivían ocultos en refugios subterráneos; los únicos signos de vida humana se veían por la noche, cuando se elevaba el humo de las hogueras al aire libre que encendían para cocinar y calentarse. Los pueblos de los alrededores, destruidos por alemanes y rusos, también estaban arrasados. Familias enteras vivían simplemente en trincheras, como animales en sus madrigueras. En el campo los árboles estaban talados y el suelo lleno de grandes hoyos hechos por las bombas.

 

Cuando llegamos a Lucima, me sentí privilegiada por contarme entre las personas lo bastante fuertes para asistir a los muchos habitantes del pueblo que necesitaban urgente atención médica. ¿Era posible sentirse de otra manera? No, no cuando no hay hospital ni servicios médicos y uno se encuentra entre personas aquejadas de tifoidea y tuberculosis. Los más afortunados simplemente padecían viejas heridas infectadas causadas por metralla. Los niños morían de enfermedades tan comunes como el sarampión. Pero a pesar de sus problemas, eran personas maravillosas y generosas.

 

No hacía falta ser una experta en socorrismo para darse cuenta de que la única manera de abordar una situación así era arremangarse y comenzar a trabajar. El campamento del Servicio de Voluntarios consistía en tres enormes tiendas. La mayoría de las noches yo dormía al aire libre, bajo la manta militar de lana que me mantuvo abrigada en mis viajes a través de Europa. Nuevamente me asignaron el trabajo de cocinera. Nada me hacía más feliz que convertir latas de plátanos desecados, gansos que nos regalaban, harina, huevos y cualquier otro ingrediente que hubiera, en sabrosas comidas que fueran del agrado de los voluntarios llegados de todas partes del mundo y unidos por un único fin.

 

Cuando llegué ya se habían reconstruido bastantes casas y se estaba construyendo una escuela nueva. Allí trabajé de albañil, poniendo ladrillos y tejas. Chapurreaba muy mal el polaco, pero cada mañana, mientras lavaba mi ropa en el río, me daba clases una joven delgadísima que estaba muriendo de leucemia. Habiendo visto tanto sufrimiento y desgracia en su corta vida, no pensaba que su situación fuera el peor desastre del mundo. Lejos de ello, en cierto modo aceptaba su destino sin amargura ni rencor. Para ella eso era sencillamente su vida, o al menos parte de ella. No es necesario decir que me enseñó muchas más cosas que un nuevo idioma.

 

Cada día había que ser una persona multitarea. Una vez contribuí a apaciguar al alcalde y a un grupo de personalidades del pueblo que protestaban porque habíamos construido sin los permisos oficiales, es decir, sin haberles "untado" a ellos. Otra vez ayudé a parir a la vaca de un granjero.

 

Los trabajos eran de lo más heterogéneo. Una tarde estaba colocando ladrillos en una pared de la escuela cuando un hombre se cayó y se hizo una buena herida en la pierna. En circunstancias normales la herida habría necesitado varios puntos. Pero allí sólo estábamos yo y una polaca que se apresuró a coger un puñado de tierra y se lo aplicó a la herida. Yo salté del techo gritando "¡No, que se le va a infectar!"

 

Pero esas mujeres eran como chamanes. Practicaban una medicina popular antiquísima y terrenal, como la homeopatía, y sabían exactamente lo que hacían.

 

De todos modos se quedaron admiradas cuando yo le até la pierna para detener la hemorragia. Desde entonces comenzaron a llamarme "doctora Pañi". Yo intenté explicar que no era médico, pero nadie logró convencerlas, ni yo misma.

 

Hasta ese momento todas las necesidades médicas eran atendidas por dos mujeres, Hanka y Danka. Eran personas enérgicas y francas, fabulosas, a quienes llamaban Feldsckers. Las dos habían colaborado con la resistencia polaca en el frente ruso, donde habían aprendido los rudimentos de la medicina de campo y habían visto todos los tipos posibles de heridas, lesiones, enfermedades y horrores. Para qué decir que no se arredraban ante nada.

 

Cuando se enteraron de que yo había detenido la hemorragia en la pierna del hombre, me hicieron preguntas acerca de mi formación. En cuanto oyeron la palabra "hospital", me acogieron como a una de ellas. Desde entonces llevaban a los enfermos y lesionados al edificio que estábamos construyendo para que yo los examinara.

 

Me veía ante todo tipo de males, desde infecciones a extremidades que había que amputar. Yo hacía todo lo que podía, aunque muchas veces no era más que un buen abrazo lleno de cariño.

 

Un día me hicieron un regalo increíble. Era una cabaña de troncos con dos habitaciones. La habían limpiado, habían instalado una cocina de leña y unos cuantos estantes, y decidieron que ésa sería una clínica donde las tres podríamos tratar a los pacientes. Y ahí acabó mi trabajo en la construcción.

 

No sé si lo que hice a continuación fue ejercer la medicina o rezar pidiendo milagros. Todas las mañanas se formaba una cola de veinticinco a treinta personas fuera de la clínica. Algunas habían caminado durante días para llegar allí. Con frecuencia tenían que esperar horas. Si estaba lloviendo, se les permitía aguardar en la habitación que normalmente reservábamos para los gansos, pollos, cabras y otras aportaciones que hacía la gente a nuestro campamento en lugar de dinero. La otra habitación la usábamos para intervenciones quirúrgicas. Teníamos poco instrumental, pocos remedios y nada de anestesia. Sin embargo, he de decir que realizamos muchas operaciones osadas y complicadas. Amputábamos extremidades, extraíamos metralla, asistíamos a parturientas. Un día se presentó una mujer embarazada a la que se le había formado un tumor del tamaño de un pomelo. Se lo abrimos, sacamos el pus y nos esmeramos en eliminar el quiste. Cuando la hubimos tranquilizado diciéndole que el bebé estaba muy bien, se levantó y se fue a casa.

 

La resistencia de aquella gente no tenía límites. Su valentía y voluntad de vivir me causaron una profunda impresión. A veces atribuía el elevado índice de recuperación a esa sola determinación. Comprendí que la esencia de su existencia, y de la existencia de toda criatura humana, era simplemente continuar viviendo, sobrevivir.

 

Para alguien que en otro tiempo había escrito que su objetivo era descubrir el sentido de la vida, ésa fue una profunda lección.

 

La prueba más difícil se me presentó una noche cuando Hanka y Danka estaban fuera; habían ido a atender unas urgencias en pueblos cercanos y yo estaba a cargo de la clínica.

 

Era mi primer vuelo a solas. Y en qué circunstancias: se nos habían agotado todas las provisiones médicas. Si ocurría algo, tendría que improvisar. Por suerte el día estuvo tranquilo y la noche se presentaba seductoramente agradable. Me enrollé en mi manta pensando: "Ah, nada me va a despertar esta noche. Por una vez voy a disfrutar de una buena noche de sueño."

 

Pero pensar eso me trajo mala suerte. Alrededor de la medianoche oí algo que me pareció el llanto de un niño pequeño. Me negué a abrir los ojos, tal vez era un sueño. Y si no era un sueño, ¿qué? Los pacientes solían llegar a cualquier hora, incluso por la noche. Si los atendía a todos, jamás habría dormido ni un momento, así que fingí que dormía.

 

Pero volví a oírlo. Era el lloro de un niño pequeño, un gemido suplicante, impotente, que no cesaba; después una inspiración ronca, una dolorosa inspiración de aire.

 

Reprendiéndome por ser tan blanda, abrí los ojos. Tal como lo temía, no estaba soñando. Iluminada por la suave luz de la luna llena, había una campesina sentada a mi lado. Se había envuelto en una manta. Ciertamente los gemidos no provenían de ella. Cuando me incorporé, volví a oír el ronco vagido y vi que acunaba a un niño pequeño en los brazos. Lo observé lo mejor que pude mientras trataba de mantener los ojos abiertos; sí, era un niño. Después miré a la madre. Ella me pidió disculpas por despertarme a aquellas horas, pero me explicó que había caminado desde su pueblo tan pronto como se enteró de que había unas señoras doctoras que ponían bien a las personas enfermas.

 

Le toqué la frente al pequeño, que tendría unos tres años. Ardía de fiebre. Observé ampollas alrededor de la boca y en la lengua, y señales de deshidratación. Síntomas de una cosa: fiebre tifoidea. Desgraciadamente era muy poco lo que yo podía hacer. No teníamos medicamentos. Se lo expliqué con un encogimiento de hombros.

 

- Nada —le dije—. Lo único que puedo hacer es invitarla a la clínica y preparar una taza de té caliente.

 

Agradecida, me acompañó al interior de la clínica. Mientras su hijo se esforzaba por respirar, me miró fijamente como sólo una madre sabe mirar. Callada, triste, suplicante, con unos ojos negros que reflejaban profundidades inimaginables de aflicción.

 

- Tiene que salvarlo —me dijo con naturalidad. Yo negué con la cabeza, en actitud resignada. —No, tiene que salvar a mi último hijo —insistió. Entonces, sin el menor estremecimiento de emoción, explicó—: Es el último de mis trece hijos. Todos los otros murieron en Maidanek, el campo de concentración. Pero éste nació allí. No quiero que muera, ahora que hemos salido de allí.

 

Aun en el caso de que esa pequeña clínica hubiera sido un hospital totalmente equipado, había pocas probabilidades de salvar al niño. Pero no quise parecer una idiota impotente. Esa mujer ya había soportado suficientes crueldades. Si de alguna manera había logrado aferrarse a una esperanza mientras toda su familia era asesinada en las cámaras de gas, entonces yo también tenía que apelar a todas mis fuerzas.

 

Así pues, me devané los sesos durante un rato e ideé un plan. Había un hospital en Lublin, una ciudad que estaba a unos 30 kilómetros de distancia. Aunque el campamento no podía proporcionar medios de transporte, podíamos caminar. Si el niño sobrevivía al trayecto, tal vez podríamos convencer al personal del hospital de que lo admitieran.

 

El plan era arriesgado. Pero la mujer, sabiendo que era la única opción, cogió al niño en sus brazos y me dijo: —De acuerdo, vamos.

 

Durante 30 kilómetros hablamos y nos turnamos para llevar al niño, que no estaba nada bien. A la salida del sol llegamos a las altas puertas de hierro del enorme hospital de piedra. Estaban cerradas con llave, y un guardia nos dijo que no admitían a más pacientes. ¿Habíamos caminado los 30 kilómetros para nada? Miré al niño que por momentos perdía y recuperaba el conocimiento. No, ese esfuerzo no sería en vano. Tan pronto divisé a alguien que parecía ser médico, moví los brazos para llamarle la atención. De mala gana el médico tocó al niño, le tomó el pulso y llegó a la conclusión de que no había esperanzas.

 

- Ya tenemos enfermos en camas puestas en los cuartos de baño —explicó—. Puesto que este niño no va a poder salvarse, no tiene sentido admitirlo.

 

Repentinamente me convertí en una mujer agresiva y furiosa.

 

- Soy suiza —le dije moviendo el índice bajo su nariz—, caminé e hice autostop para venir a Polonia a ayudar al pueblo polaco. Atiendo yo sola a cincuenta pacientes diarios en una diminuta clínica en Lucima. Ahora he hecho todo este trayecto para salvar a este niño. Si no lo admite, volveré a Suiza y le diré a todo el mundo que los polacos son la gente más insensible del mundo, que no sienten amor ni compasión, y que un médico polaco no se apiadó de una mujer cuyo hijo, el último de trece, sobrevivió a un campo de concentración.

 

Eso dio resultado. A regañadientes, el médico estiró los brazos para coger al pequeño y accedió a admitirlo, pero con una condición: la madre y yo teníamos que dejarlo allí durante tres semanas.

 

- Pasadas tres semanas el niño o bien va a estar enterrado o estará lo suficientemente recuperado para que selo lleven—dijo.

 

Sin detenerse a pensar, la madre bendijo a su hijo y se lo entregó al médico. Había hecho todo lo que era humanamente posible, y yo noté su alivio cuando el médico y el niño entraron en el hospital.

 

Cuando los perdimos de vista, le pregunté:

 

- ¿Qué desea hacer ahora?

 

- Volver con usted a ayudarla —contestó.

 

Se convirtió en la mejor ayudante que he tenido en mi vida. Hervía mis tres preciadas jeringas en un pequeño cazo, lavaba las vendas y las ponía a secar al sol, barría la clínica, ayudaba a preparar las comidas e incluso sujetaba a los pacientes cuando había que practicarles alguna incisión. De intérprete a enfermera o cocinera, no había función que no desempeñara.

 

Una mañana al despertar comprobé que había desaparecido.

 

Al parecer, durante la noche se había ido a hurtadillas sin dejar ni una nota ni despedirse. Me sentí al mismo tiempo desconcertada y desilusionada. Pero varios días después comprendí lo sucedido. Habían transcurrido las tres semanas desde que lleváramos al niño al hospital de Lublin. Inmersa como estaba en el trabajo diario, yo no había llevado la cuenta, pero ella había contado cada día.

 

Pasada una semana, al despertar después de una noche bajo las estrellas, encontré un pañuelo en el suelo junto a mi cabeza. Estaba lleno de tierra.

 

Imaginándome que se trataría de una de esas cosas supersticiosas que ocurrían todo el tiempo, lo coloqué en un estante de la clínica y lo olvidé, hasta que una de las mujeres del pueblo me instó a soltar los nudos y mirar dentro. Claro, junto con la tierra encontré una nota dirigida a la "doctora Pañi". La nota decía: "De la señora W., cuyo último de sus trece hijos usted ha salvado, tierra polaca bendita." Ah, o sea que el niño estaba vivo. Una gran sonrisa me iluminó la cara. Volví a leer la última línea de la nota: "Tierra polaca bendita." Entonces lo comprendí todo. Después de marcharse a medianoche, esa mujer había caminado los 30 kilómetros hasta el hospital y recogido a su hijo, vivo y recuperado. Desde Lublin lo llevó a su pueblo, recogió un puñado de tierra de su casa y buscó a un sacerdote para que la bendijera. Dado que los nazis habían exterminado a la mayoría de los sacerdotes, estoy segura de que tuvo que caminar bastante para encontrar uno. Ahora esa tierra era especial, bendecida por Dios. Después de dejarme su regalo se volvió a casa. Cuando comprendí todo esto, esa pequeña bolsita se convirtió en el más preciado regalo que había recibido en mi vida. Y aunque en esos momentos no tenía forma de saberlo, pronto me salvaría también la vida.

LAS MARIPOSAS

Yo hablo de amor y compasión, pero la mayor enseñanza sobre el sentido de la vida la recibí en mi visita a un sitio donde se cometieron las peores atrocidades contra la humanidad.

 

Antes de marcharme de Polonia asistí a la ceremonia de inauguración de la escuela que habíamos construido. Desde allí viajé a Maidanek, uno de los infames laboratorios de muerte de Hitler. Algo me impulsó a ir a ver con mis propios ojos uno de esos campos de concentración; tenía la impresión de que verlo me serviría para entenderlo.

 

Ya conocía de oídas ese lugar. Allí fue donde mi amiga polaca perdió a su marido y a doce de sus trece hijos. Sí, sabía muy bien lo que era. Pero verlo personalmente fue diferente.

 

Las puertas de entrada a ese enorme recinto estaban derribadas, pero aún quedaban escalofriantes restos de su ominoso pasado donde murieron más de 300.000 personas. Vi las alambradas de púa, las torres de vigilancia y las muchas hileras de barracas donde hombres, mujeres y niños pasaron sus últimos días y horas. También había varios vagones de ferrocarril. Me asomé a mirar; la visión era horrorosa. Algunos estaban llenos de cabellos de mujer, que habrían sido enviados a Alemania para convertirlos en ropa de invierno. En otros había gafas, joyas, anillos de boda y esas chucherías que la gente lleva por motivos sentimentales. En el último vagón que miré había ropas de niño, zapatos de bebé y juguetes.

 

Bajé de allí estremecida. ¿Puede ser tan cruel la vida? El hedor procedente de las cámaras de gas, el inequívoco olor de la muerte que impregnaba el aire, me proporcionó la respuesta. Pero ¿por qué? ¿Cómo era posible eso?

 

Me resultaba inconcebible. Caminé por el recinto, llena de incredulidad. Me preguntaba: "¿Cómo es posible que los hombres y mujeres puedan hacerse esto entre ellos?" Llegué a las barracas. "¿Cómo estas personas, sobre todo las madres e hijos, pudieron sobrevivir a las semanas y días anteriores a su muerte segura?" Dentro de las barracas vi camastros de madera, casi pegados unos con otros en cinco hileras a lo largo de la barraca. En las paredes estaban grabados nombres, iniciales y dibujos. ¿Qué instrumentos utilizaron para hacerlos? ¿Piedras? ¿Las uñas? Los observé más detenidamente y noté que había una imagen que se repetía una y otra vez. Mariposas.

 

Había dibujos de mariposas dondequiera que mirara. Algunos eran bastante toscos, otros más detallados. Me era imposible imaginarme mariposas en lugares tan horrorosos como Maidanek, Buchenwald o Dachau. Sin embargo, las barracas estaban llenas de mariposas. En cada barraca que entraba, mariposas. "¿Por qué? ¿Por qué mariposas?"

 

Seguro que debían de tener un significado especial, pero ¿cuál? Durante los veinticinco años siguientes me hice esa pregunta y me odié por no encontrar una respuesta.

 

Salí de allí impresionada por el horror de ese lugar. No entendía entonces que esa visita era una preparación para el trabajo de mi vida. En esos momentos sólo me interesaba comprender cómo es posible que los seres humanos puedan actuar tan sanguinariamente contra otros seres humanos, sobre todo con niños inocentes.

 

De pronto una voz interrumpió mis pensamientos, la voz clara, tranquila y reposada de una joven que me dio una respuesta. Se llamaba Golda.

 

- Tú también serías capaz de hacer eso —me dijo.

 

Sentí deseos de protestar, pero estaba tan sorprendida que no se me ocurrió qué decir.

 

- Si hubieras sido criada en la Alemania nazi —añadió después.

 

"¡Yo no!", deseé gritar. Yo era pacifista, me había criado en una familia honorable y en un país pacífico. Jamás había conocido la pobreza, ni el hambre ni la discriminación. Golda leyó todo eso en mis ojos.

 

- Te sorprendería ver todo lo que eres capaz de hacer —me contestó—. Si hubieras sido criada en la Alemania nazi, fácilmente podrías haberte convertido en el tipo de persona capaz de hacer eso. Hay un Hitler en todos nosotros.

 

Yo deseaba comprender, no discutir, de modo que, como era la hora de comer, invité a Golda a compartir mi bocadillo. Tenía más o menos mi misma edad y era bellísima. En otro ambiente podríamos haber sido amigas, compañeras de colegio o de trabajo. Mientras comíamos me explicó cómo había llegado a formarse esa opinión.

 

Alemana de nacimiento, tenía doce años cuando la Gestapo se presentó en la empresa de su padre y se lo llevó. Jamás volvieron a verlo. Tan pronto como se declaró la guerra, el resto de su familia, con ella y sus abuelos, fueron deportados a Maidanek. Un día los guardias les ordenaron a todos ponerse en fila, tal como ellos habían visto hacer a tanta gente que jamás había vuelto. Los hicieron desnudarse y los metieron en la cámara de gas. La gente gritaba, lloraba, suplicaba y oraba, pero en vano; allí no había oportunidad de sobrevivir, ni esperanza ni dignidad. Los empujaron a una muerte peor que la de cualquier animal en el matadero.

 

Golda, esta preciosa jovencita, fue la última que trataron de empujar al interior de la atiborrada cámara antes de cerrar la puerta y dar el gas. Por un milagro, por alguna intervención divina, no pudieron cerrar la puerta porque no cabía nadie más. Había demasiada gente. Para cumplir la cuota diaria de muertos, los guardias simplemente la sacaron y la empujaron al aire libre. Puesto que ya estaba en la lista de muertos, supusieron que había sucumbido y jamás volvieron a llamarla para incorporarla a las siguientes filas. Gracias a ese excepcional descuido, salvó la vida.

 

Después tuvo poco tiempo para llorar la pérdida de su familia; la mayor parte de su energía la consumía en la tarea básica de continuar viva. Con dificultad se las arregló para sobrevivir al invierno polaco, encontrar suficiente alimento y evitar enfermedades como el tifus o incluso un simple resfriado; si enfermaba no iba a ser capaz de cavar pozos o quitar la nieve con palas, a consecuencia de lo cual la enviarían nuevamente a la cámara de gas.

 

Para animarse se imaginaba que el campo iba a ser liberado. Dios la había escogido, pensaba, para sobrevivir y contarle a las generaciones futuras las barbaridades que había visto allí.

 

Eso fue suficiente, me explicó, para sostenerla durante la parte más ardua del frío invierno. Cuando se sentía desfallecer, cerraba los ojos y se imaginaba los gritos de sus amigas que habían sido usadas de cobayas en experimentos realizados por los médicos del campo, violadas por los guardias y con frecuencia ambas cosas, y entonces se decía: "Debo vivir para contárselo al mundo. Debo vivir para contar los horrores que ha cometido esta gente." Y así alimentaba su odio y resolución de continuar viva hasta que llegaran los Aliados.

 

Después, cuando el campo fue liberado y se abrieron las puertas, se sintió paralizada por la rabia y amargura que la atenazaba. No logró verse dedicando el resto de su valiosa vida a vomitar odio.

 

- Como Hitler —me dijo—. Si dedicara mi vida, que me fue perdonada, a sembrar las semillas del odio, no me diferenciaría en nada de él. Sería simplemente otra víctima más que intenta propagar más y más odio. La única manera como podemos encontrar la paz es dejar que el pasado sea el pasado.

 

A su modo contestaba así a todas las preguntas que me habían pasado por la cabeza al estar en Maidanek. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la capacidad del hombre para el salvajismo. Pero sólo había que ver ese vagón con zapatitos de bebé o sentir el hedor de la muerte que se cernía en el aire como un fantasmal paño mortuorio para comprender la inhumanidad de que es capaz el hombre. Pero claro, ¿cómo explicarse que Golda, una persona que había experimentado esa crueldad, eligiera perdonar y amar?

 

Ella lo explicó diciendo:

 

- Si yo logro que una sola persona cambie los sentimientos de odio y venganza por los de amor y compasión, entonces he sido digna de sobrevivir.

 

Lo comprendí y me marché de Maidanek transformada para siempre. Me sentí como si mi vida hubiera comenzado de nuevo.

 

Todavía deseaba estudiar en la Facultad de Medicina, pero decidí que la finalidad de mi vida era procurar que las generaciones futuras no crearan a otro Hitler. Lógicamente, primero tenía que volver a casa.

 

El regreso a Suiza fue tan peligroso como todo lo que había hecho los meses anteriores. En lugar de volver inmediatamente, decidí conocer algo de Rusia. Viajé sola. Sin dinero ni visado, metí en mi mochila la manta, las pocas ropas que tenía y mi bolsita con tierra polaca y emprendí el camino en dirección a Bialystok. Al caer la noche ya había atravesado kilómetros de campo sin ver un alma ni señales del temido ejército ruso, que era lo único que me preocupaba; me dispuse a acampar en una verde colina. Jamás me había sentido tan sola, como un puntito en el planeta contemplando los miles de millones de estrellas.

 

Pero eso sólo duró un momento. Antes de que me envolviera en la manta se me acercó una anciana ataviada con un vestido de colores muy vistosos y muchos faldones. Apareció como salida de la nada. Me llamaron la atención las bufandas y joyas que llevaba, me parecieron fuera de lugar. Pero claro, ése era territorio rural ruso, un lugar misterioso, místico y lleno de secretos. En ruso, que poco entendí, se ofreció a leerme las cartas, al parecer interesada en hacerse con algún dinero. Indiferente a las fantasías que sin duda me diría, yo traté de explicarle, con palabras rusas y polacas acompañadas por gestos, que lo que de verdad necesitaba era compañía humana y algún lugar seguro donde pasar la noche, si ella me podía ayudar. Sonriendo me dio la única respuesta posible: "el campamento gitano".

 

Fueron cuatro días extraordinarios de cantos, bailes y compañerismo. Antes de ponerme en marcha nuevamente, les enseñé una canción popular suiza. Me la cantaron de despedida mientras yo me sujetaba la mochila y me alejaba para desandar el camino hacia Polonia. Durante el trayecto fui reflexionando sobre la increíble experiencia de encontrarme con personas totalmente desconocidas a media noche, personas que no tenían otro lenguaje en común conmigo que el amor y la música en el corazón, capaces de comunicarse con tanta profundidad y sentirse como hermanos en tan poco tiempo. Me marché de allí con la sensación de esperanza de que el mundo podría recomponerse por sí solo después de la guerra.

 

Cuando llegué a Varsovia, los cuáqueros me consiguieron una plaza en un avión militar estadounidense que llevaba a personajes importantes a Berlín. Desde allí pensaba coger un tren a Zúrich. Envié un telegrama a mi familia diciéndole cuándo llegaría a casa. "A tiempo para la cena", escribí entusiasmada, saboreando anticipadamente una de las exquisitas comidas de mi madre y una buena noche de sueño en mi mullida cama.

 

Pero los peligros aumentaron en Berlín. Los soldados rusos no permitían que nadie que no tuviera sus credenciales en regla pasara de su sector de la ciudad (el que después sería de Alemania Oriental) al ocupado por los británicos. Por la noche, la gente desaparecía de las calles con la esperanza de escapar, al menos temporalmente, del miedo y la tensión que eran tremendamente palpables. Ayudada por desconocidos conseguí llegar al puesto de control fronterizo, donde estuve horas, cansada, hambrienta y con el estómago descompuesto. Cuando comprendí que me sería imposible pasar sola, me acerqué a un oficial británico que conducía un camión y lo convencí de que me llevara oculta dentro de una caja de madera de 60 por 90 centímetros hasta una región más segura cerca de Hildesheim.

 

Durante las ocho horas siguientes viajé encogida en posición fetal, concentrada en la perentoria advertencia que el oficial me hizo antes de cerrar la tapa con clavos: "Por favor, no hagas el menor ruido. Ni una tos, ni un suspiro, ni una respiración fuerte, nada, hasta que vuelva a quitar esta tapa."

 

En cada parada retenía el aliento, pensando aterrada que si movía un dedo sería mi último movimiento. Recuerdo cómo me cegó la luz cuando por fin se levantó la tapa. Jamás había visto una luz más brillante. El alivio y la gratitud que sentí cuando le vi la cara al oficial británico fueron acompañados por oleadas de náuseas y de debilidad que me recorrieron todo el cuerpo después de que él me ayudara a salir de mi escondite.

 

Decliné su amable invitación a compartir con él una buena comida en el casino de oficiales y emprendí el camino rumbo a casa. Por la noche dormí envuelta en la manta en un cementerio y a la mañana siguiente desperté aún más descompuesta que antes. No tenía alimentos ni medicamentos. En la mochila encontré mi envoltorio con tierra polaca, lo único que no me habían robado aparte de la manta, y supe que de algún modo conseguiría salir de ésa.

 

Me las arreglé para levantarme, terriblemente dolorida, y me fui cojeando por el camino de gravilla. No sé cómo conseguí caminar durante varias horas. Finalmente, me desplomé en una pradera en las lindes de un espeso bosque. Sabía que estaba muy enferma, pero lo único que podía hacer era rezar. Muerta de hambre y sudando de fiebre se me nubló el entendimiento. En mi delirio me pasaban por la mente imágenes y visiones de mis últimas experiencias, la clínica de Lucima, las mariposas de Maidanek y la chica Golda. Ay, Golda, tan hermosa, tan fuerte.

 

Una vez, cuando abrí los ojos, me pareció ver a una niña que iba en bicicleta comiendo un bocadillo. Se me retorció el estómago de hambre. Por un instante contemplé la idea de arrebatarle el bocadillo de las manos. Ignoro si la niñita era real o no, pero en cuanto tuve aquella ocurrencia oí las palabras de Golda: "Hay un Hitler en todos nosotros." En ese momento lo comprendí; sólo depende de las circunstancias.

 

En este caso las circunstancias estuvieron de mi parte. Una anciana pobre me vio durmiendo cuando salió a recoger leña para el fuego. No sé cómo me llevó en carreta hasta un hospital alemán cerca de Hildesheim. Durante varios días estuve medio inconsciente; a ratos recuperaba el conocimiento. Durante uno de esos períodos de claridad oí hablar de una epidemia de tifus que estaba diezmando a las mujeres. Imaginándome que estaba entre ese malhadado grupo, pedí papel y lápiz para escribir a mi familia, por si no volvía a verlos jamás.

 

Pero estaba demasiado débil para escribir. Les pedí ayuda a mi compañera de habitación y a la enfermera, pero las dos se negaron. Las muy fanáticas creían que yo era polaca. Era el mismo tipo de prejuicio que vería cuarenta años más tarde con los enfermos de sida. "Que se muera la cerda polaca", decían con repugnancia.

 

Ese prejuicio casi me mató. Esa noche sufrí un espasmo cardíaco y nadie quiso atender a la chica "polaca"; mi pobre cuerpo, que sólo pesaba cuarenta kilos, ya no tenía fuerzas para luchar más. Acurrucada en la cama, fui decayendo rápidamente. Por fortuna, el médico de turno de esa noche se tomaba en serio su juramento hipocrático. Antes de que fuera demasiado tarde me puso una inyección de estrofantina, el tónico cardíaco. Por la mañana ya me sentí casi tan bien como cuando saliera de Lucima. Me había vuelto el color a las mejillas. Me pude sentar y tomar el desayuno.

 

- ¿Cómo está mi niña suiza esta mañana? —me Preguntó el doctor cuando se marchaba.

 

- ¡Suiza! En cuanto las enfermeras y mi compañera de habitación oyeron que era suiza y no polaca cambiaron su actitud. De pronto se desvivieron por atenderme. Lo que son los prejuicios, ¡demonios!

 

Pasadas varias semanas, después de disfrutar de un muy necesario descanso y de alimentarme bien, me marché. Pero antes de irme les conté a mi compañera de habitación y a la enfermera la historia del envoltorio con tierra polaca que llevaba en la mochila.

 

- ¿Lo entendéis ? —les expliqué—. No hay ninguna diferencia entre la madre de un niño polaco y la madre de un niño alemán.

 

El trayecto en tren hasta Zúrich me dio tiempo para reflexionar sobre las increíbles enseñanzas que había recibido durante los ocho meses pasados. Ciertamente volvía a casa más sabia y más conocedora del mundo. Mientras el tren traqueteaba sobre los raíles, ya me imaginaba contándoles todo a mi familia, lo de las mariposas y la niña judía polaca que me descubrió que había un Hitler en todos nosotros; lo de los gitanos rusos que me demostraron que el amor y la fraternidad trascienden el idioma y la nacionalidad; lo de los desconocidos, como la anciana pobre que había salido a recoger leña y se tomó la molestia de llevarme a tiempo al hospital.

 

Muy pronto estuve sentada ante la mesa cenando con mis padres, contándoles todos los horrores que había visto, y todos los motivos, mucho más numerosos, que teníamos para albergar esperanza.

 

 

Visitas: 178

Etiquetas: arco, biografía, elisabeth, espiritualidad, iris, kubler, ross, rowina

Comentario

¡Tienes que ser miembro de La puerta del Arco Iris para agregar comentarios!

Participar en La puerta del Arco Iris

Comentario de Anahi el julio 27, 2011 a las 8:32pm

Vaya que es doloroso!! Si lloré tanto ayer cuando leía el post anterior a raíz de lo que pasó Ely con sus conejos, ésta última publicación me dejó paralizada porque sentí mucho dolor por todas las vicisitudes que tubieron que atravezar seres inocentes, y siempre me pregunté por que? le he preguntado a mis profes en el colegio y núnca me dieron una explicación porque ni siquiera ellos comprendieron tanto odio. Anoche a medida que avanzaba en la lectura del post me vino a la memoria una pelicula que la he visto varias veces, se llama La vida es bella, y retrata, nos cuenta cómo han destrozado y masacrado a seres inocentes y en medio de todo un padre que es llevado junto a su familia a un campo de concentración y se las ingenia para que su hijo pueda sobrevir en medio de todo y no pierde las esperanzas a la vida. Las veces que la he visto he llorado tanto por ver tanto sufrimiento.

Es cierto que he leído y me han dicho: vinimos a la Tierra a jugar a ser humanos. Nada más alejados de la realidad, tantas guerras, hambrunas, odio, xenofobia, no pueden decir que estamos jugando a ser humanos. Es indignante tantas cosas que tubieron que pasar no sólo los humanos, sino también nuestro planeta con toda la creación, algo que me indigna tremendamente es saber de la cantidad de animalitos de laboratorio y su constante manipulación en post de una ciencia "moderna", nuestros hermanos de Africa, los abortos constantes a que son sometidas las mujeres de China, etc, es doloroso todo.

Querida Rowina, todo mi apoyo para encontrar la clave que desactive la indignidad, para que nuestra casa Tierra y toda la vida que exista sobre ella núnca más tenga que sentirse indignos, y que tengamos presentes en cada momento a nuestra Madre Amor.

Gracias Ely por esa fortaleza y esa pasión por la vida que pusistes mientras habitabas ésta 3D y gracias por el apoyo que en éstos momentos nos estás brindando.

Gracias Madre.

Saludos a Todos querida familia.

 

 

Comentario de Matrühe/Sinlin el julio 27, 2011 a las 9:28am

Mi querida Rowi, TE APOYO!!, mi corazón esta contigo en cada paso que das para "liberar" a nuestra tierra con nosotros su humanidad. La DIGNIDAD retorna a todos nosotros, de me cabe la menor duda de ello.

 

Esta parte de biografía de Eli es duro pero tal cual, una realidad que golpeo a nuestra bendita tierra y su humanidad, no hubo ser que ninguna parte del planeta que no le haya afectado estos momentos duros en la historia de nuestro planeta. Antes me preguntaba el porque, hasta llegue a sentir mucha rabia contra Hitler y los alemanes, pero no soy persona de odios, nunca he servido para ello; mas en esta época he podido comprender en gran parte el porque de ello, no fue solo un humano cegado guiando a otros, también los yo superiores tuvieron mucho o todo que ver, ellos y sus experimentos falto de amor, respeto de todo, pero eso cambia aquí y ahora, gracias de nuevo preciosa por entregar a los yo superiores y sus insanas practicas (por decirlo de una manera decente, ganas dan de decirles otras cosas).

 

A mi también me han dicho que tierra es un lugar de "recreo" que lo que vivimos es un juego, ya alguien me lo había comentado, cuando me dijo eso, me sentí muy molesta y le dije que eso no era posible, que no le veía la gracia al dichoso juego, que para mi eso no era así. Y como tu digo lo mismo, que no me salgan de nuevo con esa estupidez, porque mi vida aquí como la de mis hermanos no ha sido un "juego", para nada.

 

Gracias Eli por tu ayuda, eres maravillosa!!!.

 

Querida familia, un fuerte abrazo.

© 2014   Creado por Rowina.   Tecnología de

Informar un problema  |  Términos de servicio